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Ningún imperio ha derrotado a una idea

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27.06.2026

Hace casi dos mil quinientos años, la poderosa Atenas creyó haber resuelto un problema condenando a muerte a un anciano que caminaba por sus calles haciendo preguntas. Sócrates no dirigía un ejército. No conspiraba para tomar el poder. No encabezaba una revolución. Su delito consistía en algo mucho más inquietante para quienes gobernaban: enseñar a pensar. La ciudad más influyente de su tiempo creyó que eliminando al hombre desaparecerían también sus ideas. Se equivocó. Atenas conservó su poder durante un tiempo; Sócrates conquistó la eternidad.

Ésa ha sido, probablemente, la equivocación más recurrente del poder a lo largo de la historia. Los imperios suelen creer que pueden derrotar una idea eliminando a quien la expresa. Confunden el mensajero con el mensaje. Imaginan que el pensamiento puede encarcelarse, desterrarse, censurarse o ejecutarse. Sin embargo, la historia demuestra exactamente lo contrario. Los hombres mueren. Las ideas viajan. Los gobiernos terminan. Las ideas permanecen. Los imperios desaparecen. Las ideas continúan transformando generaciones.

Roma creyó que podía acabar con el cristianismo crucificando a Jesús y persiguiendo a sus seguidores. La Inquisición creyó que podía detener el avance del conocimiento sometiendo a juicio a científicos y pensadores. Los monarcas absolutos pensaron que podían contener para siempre las ideas de la Ilustración. El nazismo intentó aplastar la libertad y la dignidad humana. El comunismo soviético creyó que podría sofocar indefinidamente el deseo de vivir en libertad. El apartheid imaginó que encerrando a Nelson Mandela durante veintisiete años sepultaría también el anhelo de igualdad de millones de sudafricanos. Ninguno lo consiguió. Todos terminaron descubriendo la misma verdad: las ideas no obedecen fronteras, no aceptan........

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