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La praxis de lo diverso

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17.10.2026

LA PRAXIS DE LO DIVERSO:

Por José Justo Calderón Dongo

1. El sentido común y la verdad cotidiana

Existe un gesto primario en la experiencia humana que precede a toda arquitectura teórica: la necesidad imperiosa de asirse a lo real. Antes de que la academia levantara sus muros epistemológicos, clasificara los saberes y redactara sus métodos de validación, la verdad habitaba en la inmediatez de la vida cotidiana. Para el hombre de la calle, para quien sostiene la existencia con las manos, el cuerpo y el trabajo diario, la verdad no requiere de rodeos, artificios ni de malabares hermenéuticos. La verdad es, sencillamente, que las cosas sean como son, sin engaños ni cartas escondidas.

Desde la mirada del sentido común, la certeza descansa en una arquitectura muy simple pero inquebrantable. En primer lugar, se sostiene sobre lo que se ve, se toca y se experimenta de manera directa: si afuera está lloviendo y alguien dice «está lloviendo», está diciendo la verdad; no hay vuelta que darle ni filosofía que meterle. Intentar argumentar que no llueve mientras cae un aguacero no se percibe como una postura teórica, sino como una mentira o una pérdida del juicio. En segundo lugar, reside en la palabra empeñada y en la transparencia interpersonal; una persona verdadera es aquella que no esconde intenciones, que no habla con doblez y que sostiene en los hechos lo que pronuncia con la boca. Finalmente, se fundamenta en la prioridad absoluta de los hechos sobre las meras opiniones: el precio del pan en la tienda es el que se cobra y se paga, al margen de las preferencias o los deseos de quien compra.

Esta certidumbre primaria constituye un abrigo y un pilar pragmático fundamental. No es un retraso del pensamiento, sino la primera frontera inteligible contra el engaño, basada en un acto de fe profana en la evidencia sensible. Para el sentido común, la verdad es la correspondencia exacta entre lo que está ocurriendo afuera en la realidad material y lo que sale expresado de la boca del sujeto. Es la diferencia clara, tajante y necesaria entre lo real y el cuento.

2. La evolución del concepto: de la supervivencia a la especulación filosófica

Sin embargo, a medida que la especie humana hizo más complejas sus formas de organización, su cultura y sus herramientas de lenguaje, esa inmediatez del sentido común sufrió una metamorfosis irreversible. En los albores de la evolución humana, la verdad poseía una naturaleza puramente organísmica y pragmática, ligada de forma directa a los imperativos biológicos de la supervivencia diaria: el fuego quema de manera efectiva, el fruto maduro nutre, la pisada del depredador señala un peligro inminente. No existía en esa etapa un margen para la especulación o el debate abstracto; la realidad se imponía por el peso incontestable de su física y de su biología.

El paso crucial ocurrió cuando la humanidad transitó de simplemente experimentar la realidad a necesitar interpretarla y disputarla. Al organizarnos en comunidades cada vez más extensas, surgió la necesidad colectiva de construir explicaciones sobre el origen del mundo, la justicia, la norma y la muerte, desplazando la verdad desde el terreno puramente instintivo hacia la esfera del mito, la religión y, finalmente, la filosofía formal. La verdad dejó de ser un simple objeto de uso inmediato para convertirse en un problema de estudio y en un campo de batalla conceptual.

En ese tránsito histórico se produjo una paradoja profunda. Por un lado, la verdad se alejó de la evidencia visible para adentrarse en la abstracción invisible. La filosofía y la ciencia demostraron progresivamente que el sentido común a menudo resulta engañoso: el sentido común le aseguraba a la vista que la Tierra era plana y permanecía inmóvil, o que el tiempo transcurría del mismo modo para cualquier observador. Fue la verdad pensada, calculada y teorizada la que desmintió esas intuiciones cotidianas para revelar un universo infinitamente más complejo. Por otro lado, esta abstracción trajo consigo el riesgo del distanciamiento: al recluir la verdad en los tratados filosóficos, los laboratorios o los discursos políticos, se corrió el peligro de despojarla de su anclaje en la experiencia concreta, abriendo el camino para su manipulación, su fragmentación y para las posteriores crisis de representación.

3. La mirada filosófica: Alétheia, correspondencia y el giro hacia el sujeto

En el momento en que la verdad cruzó definitivamente el umbral de la filosofía, sufrió una transformación conceptual de la que ya no habría retorno: la pregunta dejó de ser únicamente qué cosas ocurren en el mundo para concentrarse en cómo y por qué podemos afirmar que nuestro conocimiento sobre esas cosas es verdadero. En la cuna del pensamiento clásico griego, esta inquietud inauguró la transición del mito al logos, concibiendo la verdad bajo la noción de Alétheia (ἀλήθεια), comprendida literalmente como el «desocultamiento» o el acto de retirar el velo. Para los primeros pensadores, la verdad no residía en la superficie cambiante y caótica que nos muestran los sentidos, sino en aquello que la razón debía desenterrar detrás de las apariencias engañosas de la cotidianeidad.

A partir de esta búsqueda inicial, la filosofía occidental articuló sus grandes respuestas estructurales. Por una parte, el idealismo platónico postuló que las cosas físicas y tangibles que tocamos en el mundo sensible son apenas sombras e imitaciones imperfectas, ubicando la Verdad con mayúscula en el territorio abstracto e inmutable de las ideas. En contraposición, el realismo aristotélico trajo el concepto de vuelta al suelo material, formulando la teoría de la correspondencia: la verdad se produce cuando existe una adecuación precisa entre lo que la mente piensa y la realidad de las cosas, de modo que decir de lo que es que es, o de lo que no es que no es,........

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