menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Trilogía de una utopía

35 0
20.10.2026

I La dudosa felicidad del rico

La sociedad humana más adelantada económica y materialmente empieza a comprender que la felicidad no consiste en poseer más. La experiencia, por caminos sinuosos, nos enseña que la felicidad, sensible y espiritual, reside también en repartir y compartir. Parecía fácil comprenderlo; sin embargo, el egotismo exacerbado del ser humano occidental ha necesitado siglos para comenzar a ceder.

Empiezo a sospechar que, si existe alguna posibilidad de transformar el mundo, y en particular la sociedad occidental, llegará por el descrédito de la riqueza como ideal y, acaso, por el sentimiento de vergüenza de ser rico. Aunque parezca inverosímil, creo percibir señales de una transformación profunda. La verdadera prosperidad, individual y colectiva, no nace necesariamente de la ambición, sino de la imaginación y la creatividad. La ambición, tal como la concibe el imaginario economicista, puede entorpecer precisamente esa creatividad capaz de producir riqueza útil. Ojalá esta comprensión no llegue demasiado tarde.

La conciencia colectiva cambia más lentamente que la individual, pero no es invariable ni permanece estanca. Basta recordar sociedades occidentales, cristianas y consideradas avanzadas que aceptaban la esclavitud como algo normal, o la condición casi de objeto a la que estuvo reducida la mujer durante siglos. Comparemos aquellas convicciones con las actuales. Incluso las transformaciones ocurridas en España desde el final de la dictadura permiten advertir cuánto puede modificarse lo que una época considera natural.

Los seres humanos estamos, en gran medida, atrapados en la mentalidad de nuestra época. Esto ayuda a comprender —aunque no siempre a disculpar— ideas, actitudes y actos que décadas o siglos después se revelan absurdos o atroces. Mi pronóstico apunta precisamente a la posibilidad de que la conciencia individual y colectiva supere la inercia de sus hábitos y se eleve por encima de las convicciones heredadas.

Creo observar ya indicios de un cambio en la consideración de la riqueza y de quienes la poseen. En las sociedades nórdicas, por ejemplo, la ostentación del rico tiene menor presencia pública que en otras sociedades occidentales. En contraste, la concentración de fortunas convive en muchos países con un número inmenso de desposeídos. Recuerdo también a empresarios franceses que, en plena crisis, reclamaron una mayor contribución fiscal de los más favorecidos.

En España, el crecimiento de las grandes fortunas y el........

© Rebelión