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La batalla por la atención

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26.06.2026

En materia educativa hay una discusión emergente que merece ser pensada y discutida en tanto es un potente analizador de los debates pedagógicos: la idea de atención, asunto que ha sido central desde siempre respecto de la vida escolar, pero que se resignifica en nuestros tiempos. Las formas actuales de la dominación, sin dejar de explicarse por la posesión de los medios de producción por parte de una clase social y la explotación de la fuerza de trabajo de grandes masas populares proletarias, se han ampliado y complejizado en las formas de dominación que se explican por la posesión por parte de un sector de los medios de orientación de la conducta de las grandes masas populares, por medio de algoritmos digitales. Han lo dice con claridad al señalar que “el big data y la inteligencia artificial ponen al régimen de la información en condiciones de influir en nuestro comportamiento por debajo del umbral de la conciencia. El régimen de la información se apodera de esas capas prerreflexivas, instintivas y emotivas del comportamiento que van por delante de las acciones conscientes. Su psicopolítica basada en datos interviene en nuestro comportamiento sin que seamos conscientes de ello”.1 Varios conceptos marxistas resignificados a la luz de esta coyuntura dan cuenta de este movimiento: la idea de cognitariado (contracción de cognición y proletariado que refiere a la extracción de valor cognitivo), de plusvalía digital o de capitalismo de plataformas son ejemplos extendidos de la superposición de términos clásicos llevados al análisis del escenario actual. La idea de atención se ha puesto entonces en el centro de los estudios pedagógicos, y los insumos teóricos de las teorías críticas pensadas desde las distintas expresiones de las izquierdas han protagonizado el análisis, dada su potencia para iluminar sus efectos políticos. Así, las nuevas economías de la atención y su capitalización como una de las mercancías más importantes desde la perspectiva tecnocapitalista, resignifican su estudio desde la pedagogía y trazan un camino para quien quiera pensar estos problemas desde un enfoque de izquierda.

En el marco de esta serie de ensayos destinados a pensar a partir de la pregunta “¿qué significa hoy ser educadores desde la izquierda?”2, la tesis que trataré de sostener en este punto es la siguiente: en nuestros días, una educación de izquierda es la que busca preservar a la escuela como un espacio desligado de la atencionalidad que demanda el mercado, funcional al consumo, a la alienación del sujeto y a los elementos de la gubernamentalidad algorítmica.3

Los objetos y las formas de la atención

Para enfocarnos en la idea de atención desde este ángulo pedagógico, recurramos a palabras de Jorge Larrosa: la escuela puede considerarse como un dispositivo atencional en dos sentidos: por una parte, en cuanto a lo que hace atender y por otra, en cuanto a las propias formas de atención que promueve. En relación a lo primero (qué hace atender), podríamos decir que, clásicamente, el instrumento por excelencia de este gesto escolar de mirar al mundo “como un libro, algunas de cuyas partes son especialmente subrayadas y enfocadas”, es el currículum.4 Un currículum de izquierda, en este punto, es el que se enfoca en asuntos que ayudan a entender los desafíos de un mundo amenazado por la acumulación y las desigualdades. En cuanto a las formas de la atención que la escuela promueve, la vida escolar puede ser vista como un verdadero culto a la capacidad de prestar atención, a su elogio y a su ejercicio. Dediquemos seguidamente unos párrafos a cada una de estas ideas.

Detengámonos en la pregunta acerca de la fisionomía del currículum, esto es, la decisión respecto de hacia qué asuntos debe invitar la escuela a dirigir la atención de los estudiantes. O dicho de otro modo: la pregunta acerca de qué asuntos serán considerados de interés público y se presentarán a las nuevas generaciones para que sean, a la vez, de su interés singular: no estaríamos definiendo mal al currículum escolar diciendo que es el mecanismo por el que ciertos intereses públicos, comunes y compartidos son puestos en valor para que se conviertan también en cosas interesantes a los ojos de los individuos. Se trata de una de las dimensiones más claramente políticas de lo educativo, y aquella en la que se entrelazan lo político, lo institucional y lo situado, esos tan mentados “niveles de concreción” del currículum.5

En nuestros tiempos, la forma que adquiere ese debate es la de una tensión entre dos posturas bien definidas:

De un lado (y nítidamente asociado a visiones educativas de derecha) un ideario curricular de corte gerencialista que a la vez que sostiene lo más «útil» y «aplicable» de las áreas disciplinares, busca imponer como analizadores términos provenientes del mundo de las empresas (innovación, emprendedorismo, liderazgo) para que la escuela prepare a los niños y jóvenes para el consumo y la inserción en el mercado.

Del otro lado (y representando valores educativos de izquierda) un currículum centrado en el desarrollo personal y social que propone, como ejes curriculares que amplían las áreas disciplinares, una serie de emergentes de la sociedad contemporánea: la participación democrática, los desafíos de la justicia social ligados a la búsqueda de la igualdad y el respeto por las diferencias, los desafíos ambientales, las cuestiones de género, la necesidad de desnaturalizar los aspectos más preocupantes de las mediaciones digitales en las relaciones.

Las integralidades del currículum

Estas ideas se han plasmado, en las últimas décadas, en cuatro desarrollos curriculares muy específicos, que para el caso de Argentina podríamos englobar en la idea de «integralidad». Se trata de cuatro ejes emergentes de las sociedades contemporáneas que son definidos (según quién sea el sujeto del enunciado) como asuntos urgentes en los que debe formarse a las nuevas generaciones o bien como wokismo y activismo opuesto al ejercicio de la libertad de mercado. Si en Argentina existe una (así denominada) “batalla cultural” emprendida por la fuerzas de ultraderecha que gobierna, sus enemigos declarados son, en clave educativa, estos cuatro movimientos curriculares:

Por un lado, la transformación de la vieja educación moral y cívica (o educación en valores) hacia una educación para la ciudadanía o educación en derechos humanos.6

En segundo lugar, la Educación Sexual Integral, como propuesta superadora de la educación sexual biologicista, inmovilizada por tabúes y trabada por el disenso de sectores sociales conservadores.7

Luego, la Educación Ambiental Integral, cuyos principios amplían y complejizan el tratamiento de los temas ambientales en una dirección política.8

Finalmente, la incipiente apertura de la educación digital hacia una perspectiva integral, menos instrumentalista y más volcada a entender los rasgos políticos y culturales de las mediaciones digitales en la vida social, menos subsumida al determinismo y al utilitarismo tecnológico y más enfocada en develar las formas en que la nueva gubernamentalidad algorítmica amenza a la democracia.9

No es el propósito de este ensayo ahondar en cada una de esas expresiones de idearios progresistas asociadas al pensamiento de izquierda, pero digamos algo más acerca de ellos y pongámoslos en perspectiva respecto de la identidad política de izquierda. La educación ciudadana, la ESI, la EAI y la incipiente Educación Digital Integral (también asociada a la llamada alfabetización digital crítica o al concepto de ciudadanía digital) aportan a un currículum de izquierda en tanto estos movimientos contribuyen a superar sesgos, ponen en relación reivindicaciones políticas y sociales de la izquierda con las prácticas educativas (a la vez que vinculan programas estatales con desarrollos curriculares), formalizan y clarifican las posturas........

© Rebelión