César Valdeolmillos Alonso: «La dignidad del deber»
“El cumplimiento del deber es la mejor definición de la dignidad.” (Inspirado en el pensamiento de José Ortega y Gasset.)
Hay acontecimientos que desaparecen de los titulares con la misma rapidez con la que llegaron a ellos. Durante unos días ocupan portadas, abren informativos, llenan tertulias y provocan discusiones apasionadas. Después, casi sin advertirlo, otro suceso ocupa su lugar y la vida continúa.
Pero existen acontecimientos cuya verdadera importancia comienza precisamente cuando dejan de ser noticia.
Mientras ocupan las portadas describen lo que ha sucedido. Cuando desaparecen de ellas, empiezan a revelar quiénes somos.
Los sucesos vividos en Ceuta y Melilla pertenecen a esa clase de acontecimientos.
La preocupación expresada por una amplia mayoría de los Estados miembros de la Unión Europea y el debate abierto sobre la respuesta común ante esta situación no constituyen únicamente un episodio diplomático. Son también una ocasión para formular una pregunta mucho más profunda.
No tanto qué ha ocurrido, como qué revela todo ello acerca de nosotros.
Las crisis internacionales rara vez nacen de un solo acontecimiento. Casi siempre ponen de manifiesto fortalezas o debilidades que llevaban tiempo creciendo silenciosamente.
Y quizá la mayor debilidad de una nación no consista tanto en sufrir una presión exterior como en olvidar cuáles son los deberes que le corresponde cumplir para afrontarla con dignidad.
La dignidad nunca precede al deber
Hace algún tiempo, hablando precisamente de la dignidad, una persona me lanzó una pregunta que nunca he conseguido olvidar.
¿Y eso para qué sirve?
No era una pregunta inocente. Tampoco respondía a un deseo sincero de comprender. Detrás de ella se adivinaba una forma de contemplar la vida en la que sólo merece consideración aquello que proporciona una utilidad inmediata, un beneficio tangible o una ventaja personal. Todo lo demás parecía pertenecer al mundo de las palabras hermosas, pero inútiles.
Sin embargo, cuanto más he reflexionado sobre aquella pregunta, más convencido estoy de que encerraba, sin proponérselo, uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.
Vivimos en una época que ha terminado acostumbrándose a medir casi todo por su utilidad. Y, casi sin advertirlo, hemos empezado a formular la misma pregunta incluso cuando hablamos de las virtudes.
¿Para qué sirve la dignidad?
La respuesta quizá decepcione a quien sólo entiende el lenguaje del provecho.
La dignidad no sirve para hacer la vida más cómoda. Sirve para hacerla más noble. No proporciona ventajas materiales. Con frecuencia exige renunciar a ellas. No garantiza el éxito. A veces conduce incluso al sacrificio. Pero precisamente por eso constituye una de las expresiones más altas de la condición humana. Porque hay realidades cuyo valor no depende de la utilidad que proporcionan. Nadie pregunta para qué sirve la honradez, la lealtad o la palabra dada cuando comprende que, sin ellas, la convivencia termina por desmoronarse. No existen para facilitarnos la vida, sino para sostener aquello sin lo cual ninguna sociedad puede perdurar.
Con la dignidad ocurre exactamente lo mismo. La dignidad se conquista, sólo cuando previamente se ha cumplido con el deber.
El deber del Gobierno
Gobernar nunca ha significado simplemente administrar. Significa asumir la responsabilidad de custodiar aquello que pertenece a todos y que ningún gobernante tiene derecho a considerar patrimonio propio.
El primer deber de cualquier Gobierno consiste en proteger la integridad del Estado que representa porque ésa es la razón misma de su existencia.
Las fronteras no son una simple línea dibujada sobre un mapa. Constituyen el espacio dentro del cual un Estado garantiza la vigencia de la ley, la seguridad de los ciudadanos y el ejercicio efectivo de sus derechos. Proteger la integridad de España es un deber institucional tan elemental como garantizar la independencia de los tribunales, la seguridad interior o la igualdad de todos ante la ley.
Cuando una frontera es sometida a una entrada masiva organizada o instrumentalizada con fines de presión política, la primera obligación del Gobierno no consiste en buscar una explicación que atenúe la gravedad de lo ocurrido. Consiste en restablecer el pleno ejercicio de la soberanía, proteger el territorio nacional y garantizar que la ley continúe siendo la única autoridad vigente dentro de nuestro espacio.
Ése es el deber que justifica la existencia misma del Estado. Todo lo demás viene después.
La política podrá debatir las causas. La diplomacia deberá trabajar para evitar que vuelvan a repetirse. La cooperación internacional tendrá su papel. Pero ninguna de esas responsabilidades puede sustituir al deber primero del Estado: garantizar la integridad de su territorio y la vigencia de la ley dentro de él.
Porque el día en que un Estado deja de cumplir con firmeza esa obligación, el problema ya no se limita a una frontera. Comienza a extenderse una duda mucho más profunda:........
