Sin líneas rojas
Trump desafía el miedo a la IA: «Que destruya a la humanidad es una patraña»
Hablamos con reverencia de la conciencia como si esta fuese un ente absoluto por encima del bien y el mal, capaz de juzgar con ecuanimidad nuestros actos; y la verdad es que muchas veces hablamos por no callar.
Pocas cosas existen que sean tan maleables y ´prostituibles´, como la conciencia personal. Y es que la conciencia termina por acomodarse a la mente, y la mente a la cambiante moral social, esa que dictan y cambian a su antojo los gurús de lo políticamente correcto, marcando modas y tendencias.
Con el transcurso de los años y guiándonos por el Derecho Natural, podemos sensibilizar nuestra conciencia mediante la práctica del bien y la condena del mal, lo cual hará que en el momento que nos desviemos de nuestro código de conducta habitual, se disparen todas las alarmas, llegando incluso a perturbarnos el sueño.
Pero también se puede endurecer la conciencia mediante la práctica a destajo del mal, tanto por acción como por omisión, hasta llegar un punto en que, en el paroxismo del egoísmo más primitivo y animal, la conciencia y su tabla de valores tengan el mismo valor que la moral de un sociópata.
Sin ánimo de hacer proselitismo, aunque también, más fácil lo tenemos los cristianos militantes, al tener como referencia inmutable, a la hora de fijar los límites de nuestra conciencia, lo predicado por Jesucristo, recogido en el Evangelio, y no lo que arbitrariamente dictaminen los ´todólogos´ tertulianos, enchufados en las televisiones del régimen. Esos........
