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Agustín Perozo: «El campanario en ruinas»

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12.08.2026

Aribaldes se dirigió a una paradisíaca playa solitaria, en una costa apartada del litoral sur dominicano, remolcando un kayak para ejercitar cuerpo, mente y alma, mar adentro.

Mientras preparaba el equipo en la arena sintió la presencia de una aparición, algo como un viento borrascoso que vino, golpeó y se fue… como un Alba María.

Se recuperó de aquella impresión tan extraña y empujó el kayak entre las rompientes olas en la orilla. El cielo y el mar, a lo lejos, borraban el horizonte, eran ambos en uno. Serían las diez de la mañana… pocas nubes de algodón, suspendidas como si estuvieron fijas.

Ya en la mar, dominio de pescadores y poetas, empezó a remar, así como reman los que dominan este movimiento en medio de una soledad que se confundía con otras soledades que las olas le iban trayendo, una tras otra, hasta sentir una nostalgia única, inmensa, infinita, que le dio paz… pero no la paz de los muertos.

Buscaba ese nivel de aislamiento, para reflexionar y meditar, como una misa en salud. Pero no pudo escapar de la realidad. Entre muros de agua remó con vigor hasta un lugar donde el oleaje era suave, apenas un vaivén. Desde allí vio lo que ya conocía, montones de basura plástica entre los acantilados, lo que no se veía desde tierra adentro.

El daño ambiental es más que evidente en todo el mundo. Solo quienes tienen el privilegio de vivir en burbujas no ven el real estado de las cosas. Nuestro planeta, único hogar posible para nuestra supervivencia, tiene límites en la biósfera. Agua, tierra y aire nos gritan y seguimos de oídos sordos.

La carrera del crecimiento ilimitado y la supermasiva deuda (que triplica el tamaño de la economía mundial) que lo sostiene es una trampa. La tecnología es un cuchillo de doble filo, útil y peligroso al mismo tiempo. Estamos ciegos, consumiendo las narrativas de las élites dominantes globales y de los sistemas políticos vasallos con estructuras en las que los gobiernos mantienen una independencia formal pero obedecen a esas potencias, a esas élites.

Los conflictos se intensifican por el control hegemónico sobre las estructuras financieras, las materias primas, las rutas marítimas, los hidrocarburos, las tierras raras, los fertilizantes, el agua dulce, los mercados, la tecnología, incluso........

© Periodista Digital