El orden del caos
Cada vez que recitamos, como en un salmo, que estamos ante "el fin de un orden mundial basado en reglas", implícitamente asumimos que hemos vivido en un mundo gobernado por normas racionales y justas, basadas en el respeto a los derechos humanos.
Y cada vez que repetimos esas palabras, como en un conjuro melancólico, la atmósfera se hace densa y se puebla de funestos augurios milenaristas, como los que ocupan las portadas de los diarios. Entre estas, y sobre el fondo de fuego de las explosiones de las bombas, sobresale el titular de El País: "Un nuevo mundo sin reglas". Otros periódicos, como El Diario Vasco, también anuncian el nacimiento de un orden donde la guerra constituirá la nueva normalidad: "Ataques duros", "Trump anuncia más muertes", "Barajamos la destrucción total"…, se nos advierte de que la guerra agita el tablero internacional con graves consecuencias, quizás irreversibles, para la economía mundial, el orden social y la normalidad democrática.
En El País, Andrea Rizzi, en una larga oración desesperada sin agente visible, describe un panorama apocalíptico: "El mundo se hunde a gran velocidad en el abismo de la ley de la jungla, un estado salvaje en el cual las reglas compartidas se evaporan, las instituciones comunes caen en la irrelevancia total y solo importa la fuerza, a la cual se recurre de la forma más descarada." Los titulares crean el estado de ánimo colectivo propio del fin del mundo.
Luego, al tratar de profundizar en la aciaga deriva, los articulistas desplazan el foco a los tiranos, que, como irracionales dioses primitivos, nos conducen a la muerte: Trump, Netanyahu, Putin, y ¡hasta Jinping! comparten la responsabilidad de terminar con "el orden multilateral basado en reglas". Ya advertía E. Fromm de que la personalización a la hora de explicar los fenómenos políticos y sociales supone una distracción que impide tomar conciencia profunda de las causas estructurales de los acontecimientos. Sería sencillísimo explicar todo este caos como consecuencia del delirio de un loco, o de la huida hacia adelante de líderes mundiales psicópatas y narcisistas que tratan de neutralizar las crisis económicas y políticas de sus países concitando el ardor guerrero; y por qué no, de camino, también de negar su propia decadencia personal. Los medios de comunicación, siempre ávidos de espectáculo, potencian este enfoque personalista, histriónico y escandaloso. Pero ni las fuerzas poderosas de un mal invisible, ni la perversión psicológica de ciertos personajes nos ayudan a comprender la ferocidad del presente; al contrario, potencian el miedo y nos paralizan abocándonos a las manos de poderosos ejércitos y multimillonarias inversiones en armamento.
Como la incertidumbre es mucho mayor cuando no entendemos las causas, es preciso hablar con claridad, llamar a las cosas por su nombre, como pedía José Luis Villacañas en su artículo El caos como prevención. Más que nunca nos importa........
