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Vidas arrendadas

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04.10.2026

La persona de la que más férreamente depende mi existencia no sabe casi nada de mí. A los pocos datos que figuran en el contrato que marca nuestra vinculación apenas se les pueden añadir un par de visitas escuetas en casi siete años. Seis años y ocho meses en los que esta persona siempre está a una llamada de distancia de alterar el rumbo de mi vida, de obligarme a empezar de nuevo en un sitio distinto. No es la primera en sostener la espada de Damocles que todos los arrendatarios sentimos sobre nuestras cabezas, pero la amenaza de su filo que ha ido volviendo más cercana e insoportable.

Cuando hace un par de años levantamos por primera vez nuestras llaves en una manifestación –felicito a quien diera con un gesto tan memorable–, escribí después una columna en este periódico sobre la rabia de sentir que tu proyecto de futuro pertenece a un extraño. Alguien a quien mes a mes hay que ingresarle una parte creciente del sueldo, con mucha reverencia para que nos permita seguir siendo explotados por él y no tener que buscar al siguiente.........

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