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Cuando la tragedia se convierte en discurso público

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03.03.2026

Lo ocurrido con el avión de la Fuerza Aérea Boliviana que se estrelló en El Alto no fue solo un accidente aéreo que dejó víctimas fatales y personas heridas. Fue también un espejo incómodo que reveló lo que somos capaces de decir cuando el dolor, la rabia y los prejuicios se cruzan.

Como sabemos, el avión llevaba dinero destinado al Banco Central de Bolivia y, tras el impacto, parte de esos billetes quedó dispersa entre los restos. Las imágenes circularon con rapidez: personas recogiendo billetes, confusión, tensión, rumores. También se reportaron dificultades para el ingreso de ambulancias que debían trasladar a personas heridas, así como para la recuperación de los cuerpos. En cuestión de horas, los hechos comenzaron a mezclarse con interpretaciones y juicios anticipados. La tragedia se volvió terreno fértil para la especulación.

Pero lo más preocupante no fue únicamente la desinformación. Fue el discurso que emergió casi de inmediato. En redes sociales aparecieron calificativos dirigidos contra los habitantes de El Alto, mayoritariamente de origen aymara: “animales”, “asnos”, “salvajes”, “caníbales”, “bestias”, “ignorantes”. Lejos de tratarse de expresiones aisladas, su reiteración reveló algo más complejo: prejuicios que parecían estar a la espera de una oportunidad para hacerse públicos.

Es legítimo cuestionar conductas que puedan haber entorpecido un rescate. Es legítimo exigir orden, respeto por las víctimas y responsabilidad. Lo que no es legítimo es convertir un hecho puntual, confuso, doloroso, atravesado por el caos propio de un accidente, en una condena moral contra toda una población.

Aquí ayuda recordar algo que planteó el sociólogo Howard Becker: las sociedades no solo reaccionan frente a hechos, también etiquetan. Deciden quién es “normal” y quién es “desviado”. Deciden qué comportamiento define a un grupo entero. Y esas etiquetas, una vez instaladas, pesan más que los hechos mismos.

Cuando alguien escribe en redes “¿qué se puede esperar de estos ignorantes?”, no está describiendo lo que pasó. Está reafirmando una frontera social: nosotros, los civilizados; ellos, los otros. La palabra “ignorante” no habla de educación formal; habla de jerarquía. Y cuando se pasa a “animal” o “bestia”, ya no estamos ante una crítica, sino ante una deshumanización.

También el filósofo Georges Canguilhem cuestionaba la idea de que lo “normal” sea una categoría neutra. Lo que una sociedad considera normal suele coincidir con la mirada de quienes tienen mayor poder para imponer su versión de los hechos. Y lo que se aparta de esa medida, sobre todo si proviene de sectores populares e indígenas, históricamente estigmatizados, termina siendo señalado como desviado o “patológico”. En momentos de crisis, esa lógica se vuelve más visible: ciertos comportamientos se juzgan como prueba de una supuesta condición colectiva, y no como hechos situados en un contexto específico.

¿Hubo personas que intentaron apropiarse de billetes? Si. ¿Hubo caos? Sin duda. Pero reducir todo lo ocurrido en El Alto a una caricatura moral es intelectualmente pobre y socialmente peligroso. Porque el problema no es solo lo que se dijo. Es lo que esas palabras activan. Bolivia arrastra tensiones profundas: de clase, de región, de identidad. El Alto no es cualquier ciudad; es símbolo de movilidad social, de migración interna, de orgullo aymara y también de marginación histórica. Cuando ocurre un hecho como este, esas tensiones latentes encuentran una vía de escape.

Lo más grave es que, mientras discutimos si “son así” o “no son así”, se pierde el foco principal: las víctimas, los heridos, las familias que esperan respuestas. También se diluye la discusión sobre responsabilidades técnicas, protocolos de transporte, medidas de seguridad y manejo de emergencias. El morbo y el prejuicio ocupan el lugar que debería ocupar la investigación seria.

Ahora bien, no se trata de justificar actos irresponsables. Se trata de no convertir el dolor en excusa para el racismo y el clasismo. De no aprovechar una escena caótica para confirmar narrativas que dividen.

En momentos de crisis, una sociedad muestra su rostro más frágil. Puede optar por la solidaridad o por la estigmatización. Puede exigir mejoras institucionales o puede desahogar frustraciones contra el vecino más cercano. Lo que estamos viendo, más allá del accidente aéreo, habla de la facilidad con la que deshumanizamos.

Tal vez el desafío no sea “civilizar” a nadie, como algunos y algunas han insinuado con desprecio, sino revisar nuestras propias certezas. Preguntarnos por qué ciertas palabras salen tan rápido. Por qué, ante el desorden, lo primero que aparece es la acusación colectiva.

Si algo debiera dejarnos esta tragedia, entre tantos aprendizajes, es la urgencia de discutir con más responsabilidad. De verificar antes de compartir. De criticar sin degradar. De exigir justicia sin sembrar odio. Porque cuando llamamos “animales” a otros bolivianos y bolivianas, creemos estar describiendo al otro, pero en realidad nos estamos exhibiendo.

Javier Andrés Claros Chavarría, Doctor en Teoría Crítica, docente e investigador.


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