La pedagogía no consiste en borrar
El artículo La pedagogía no necesita mausoleos defiende una tesis clara: los monumentos de origen fascista deben ser derribados como acto pedagógico y de justicia. Cualquier otra opción es, en el mejor de los casos, ingenua; en el peor, cómplice. Es una posición legítima, pero también discutible si se examinan algunos de sus supuestos.
El problema no es si esos monumentos incomodan. Incomodan, y mucho. La cuestión es qué hacemos con esa incomodidad. ¿La eliminamos o la convertimos en una herramienta crítica? Defender su derribo como única salida implica, en el fondo, una desconfianza profunda en la capacidad de la sociedad para enfrentarse a su propio pasado sin necesidad de borrarlo. Difícilmente encontraremos un símbolo más evidente del esclavismo, la dominación de unos pueblos sobre otros o la megalomanía de una élite que las pirámides de Egipto. ¿Se le ocurre a alguien defender hoy su derribo por el supuesto mal intrínseco que contienen?
Se repite que un monumento no es un libro de texto y que su significado es inmutable. Pero basta mirar cualquier ciudad para comprobar que eso no es cierto. Los símbolos no hablan solos: hablan a través de los marcos políticos y culturales que los rodean. Y esos marcos cambian. La pregunta, entonces, no es qué fue ese monumento, sino qué hacemos hoy con él.
Se me acusa de utilizar el tono como mecanismo de silenciamiento “propio del pensamiento autoritario”. Esta afirmación resulta desproporcionada. Señalar el tono no es censura; en mi caso, es una invitación a mejorar las condiciones del diálogo. Equiparar esta crítica con la Inquisición no fortalece el........
