La distopía como forma de mirar
Hoy nos meten distopía casi por vía intravenosa. Nos hemos acostumbrado tanto a ella que quizá convenga preguntarse por qué una civilización que durante siglos confió en el progreso y la razón se muestra tan fascinada por imaginar mundos que salen mal. Toda utopía plantea una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando intentamos convertir un ideal en realidad? Pues que la igualdad puede transformarse en uniformidad; la seguridad, en vigilancia; la libertad, en sometimiento.
La distopía puede compararse con la anamorfosis: esa imagen que cambia cuando modificamos el ángulo desde el que la contemplamos. Obliga a mirar de nuevo aquello que parecía evidente y muestra su lado oculto. Por eso el tema de la mirada aparece con frecuencia en las distopías: cámaras, pantallas, vigilancia, ojos que observan. Y es que no es solamente quién controla a quién, sino quién determina desde dónde debemos mirar. Aquí es donde la distopía empieza a parecerse a nuestro presente. Vivimos rodeados de amenazas reales, pero también de representaciones imaginadas de esas amenazas. Antes de llegar a nuestra experiencia, un acontecimiento a menudo ya ha llegado a nuestra pantalla, acompañado de un titular y una interpretación. Y nos lo tragamos.
Las redes sociales han convertido la mirada en un mercado. Millones de mensajes compiten por nuestra atención y el sistema premia aquello que consigue retenernos. El miedo funciona. La indignación funciona. La catástrofe funciona. El odio funciona. Así aparece una nueva forma de distopía: no necesariamente la que nos impone un poder que decide qué debemos pensar, sino aquella en la que un sistema de comunicación termina enseñándonos qué debemos mirar.
Lo estamos comprobando con la actualidad. Lo ocurrido recientemente en Ceuta es un buen ejemplo. La llegada masiva de migrantes procedentes de Marruecos fue un acontecimiento extraordinario,........
