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No me llames prostituta o de profesión sus labores

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13.04.2026

No me llames prostituta o de profesión sus labores

Desde antiguo se oye y es cierto, que, en esto del sexo, lo mismo que en otros placeres o debilidades, cada cual goza como puede. Lo malo es cuando el contribuyente paga los gozos de los demás.

Supone bien el lector si piensa que la noticia que da pie a estas líneas es el episodio acontecido en la primera sesión del juicio oral que se celebra en el Tribunal Supremo y que tiene como acusados a José Luis Ábalos, Koldo García y Víctor de Aldama. Y acierta, igualmente, si da por hecho que la protagonista del suceso fue una testigo llamada Jéssica –o Jessica– Rodríguez, a quien la defensa del primero le preguntó si era cierto que se dedicaba a la prostitución, lo cual, tras la exclamación de sorpresa de alguno de los presentes, dio lugar a que el presidente del tribunal, no obstante recordar que la pregunta podría ser pertinente y que, en efecto, lo era, pues el artículo 436 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal dispone que "el testigo manifestará primeramente su nombre, apellidos paterno y materno, edad, estado y profesión", pidió al letrado que reformulara la pregunta, cosa que aquél hizo con dificultad porque la tarea no era fácil: "¿Su profesión tiene que ver con la contraprestación a cambio de sexo?".

Aparte de que la peripecia haya servido para que algunas mujeres pusieran el grito en el cielo y, de paso, zurrar al abogado de quien fue secretario de organización del PSOE y ministro de Transportes de Pedro Sánchez y, sobre todo, amante de la testigo, creo que se equivocan quienes se empeñan en dar al término prostituta un sentido exclusivamente peyorativo e insultante.

Trataré de explicarme. Pero antes advierto que este es un comentario técnico y que con él sólo pretendo aportar mi opinión en un asunto que bien puede calificarse de confuso y preocupante. Hablar de putas ha sido siempre un tema delicado y por ello pido que la suerte me ayude en los juicios que habré de emitir y que no se me malinterprete.

Para comenzar, he de decir que aun cuando la Real Academia Española equipara puta a prostituta/o, voz que, a su vez, define como persona que mantiene relaciones sexuales por dinero, a mí me gusta más la tesis que Camilo José Cela sostiene en su Enciclopedia del erotismo, al afirmar que puta es noción más amplia que prostituta, pues señala que no es lo segundo, aunque sí lo primero, la mujer que se entrega a múltiples hombres, sea por la causa que fuere, salvo el precio, ni tampoco es una cosa ni otra, la mujer que se da a un solo hombre aun siendo por interés –la querida, por ejemplo–, ya que ese elemento puede concurrir en la esposa. Parece claro, por tanto, que, según nuestro Nobel, el concepto de puta es más amplio que el de prostituta, hasta el punto de que si bien puede asegurarse que todas las prostitutas son putas, no es posible hacer lo mismo al revés.

Dicho lo anterior, conozcamos, según la literatura, los géneros y las categorías –siguiendo con Cela– de izas rabizas y colipoterras que ha habido siempre y en todo lugar. Veamos. Bagasas llama a las meretrices el poeta Gonzalo de Berceo en los Milagros de Nuestra Señora; baldonadas son para el licenciado Sebastián de Covarrubias; por descosidas se conocen en la segunda parte del Lazarillo, obra de Juan de Luna; busconas y cellencas las denomina Quevedo; daifas escribe Tirso de Molina y de cortesanas habla Cervantes. Ahora bien, para especímenes de putas las que enumera Francisco Delicado en Retrato de la lozana andaluza (Venecia, 1528), donde presenta el más amplio catálogo que existe y del que caben destacar, sin orden ni pretensiones de agotamiento, estos registros: restregadas, afeitadas, reputadas, carcaveras, ursinas, güelfas, gibelinas, injuínas, orilladas, bigarradas, combatidas, vencidas y no acabadas, devotas, lavanderas, porfiadas, meridianas, enmascaradas, trincadas, subientes e decedientes, feriales, reformadas, jaqueadas, trasvestidas, abispadas (con "b"), terceronas, aseadas, apuradas, gloriosas, enteresales, jubiladas, beatas, mozas y viejas, de trintín y botín, alcagüetas, machichas e inmortales y así, otras muchas, hasta más de cien.

—¡Qué bárbaro! ¡Cuánta puta!

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—Sí, pero con la diferencia de que las de antes eran calladas y discretas y las de hoy gustan de exhibirse por los cuatro puntos cardinales.

Es verdad, como algunos apuntan, que en España llevamos una larga temporada asistiendo a un desenfrenado intrusismo en la profesión y no son pocos los supuestos que, de una manera u otra, lo prueban. Pienso que aquella actitud de la puta silenciosa, cuando no clandestina, rodeada de cierto misterio, era más saludable que esa otra, más pública e imprudente. En mi Zamora de juventud y, más concretamente, en su afamado barrio de La Lana, se tenía por artículo de fe que una puta no debía aparecer en los papeles sino en muy contadas ocasiones en su vida; a saber: cuando la Delegación de Sanidad le daba la cartilla con el certificado de apta para el consumo por ausencia de gonococos o cuando el juez de turno la empapelaba por un delito relativo a la prostitución, sobre todo a las jurídicamente calificadas de terceras locativas, o sea, las jefas del putiferio. Hoy la cosa es muy diferente; tanto como que basta echar mano del mando a distancia para encontrar eso que Jaime Campmany llamaba oferta televisiva de zorrastrones, putones desorejados, pupilas de burdeles a la greña y famosos de colchón, que, para colmo, luego no vacilan en apelar a su derecho a la intimidad previamente vendida y, acto seguido, denunciar a quienes las han cobijado, preferentemente famosos de postín, como actores, cantantes y políticos de notoria importancia, a los que después chantajean, incluso, en ocasiones, con la ayuda de los medios de comunicación.

Reconozco que siempre me interesaron las putas y no porque hiciera uso de ellas para dar rienda suelta al rijo, cosa que mi educación física y mental me vedaban, sino por el buen criterio de muchas de ellas, algunas verdaderas especialistas en ahogar penas y sanar mataduras del alma. Todavía recuerdo lo que hace no mucho dijo una puta de nombre Esperanza que ejercía en la calle Ballesta de Madrid: "Yo, para poder sacar adelante a mis hijos, trabajaba en serie; hacía sobre cuarenta polvos al día, sin contar las felaciones, y todo por 500 pesetas". Y remataba: "A la profesión le están haciendo mucho daño las pseudoputas, olvidando que es un oficio de mucha maestría, entrega, disciplina y sacrificio".

Por supuesto que estoy en contra de abolir la prostitución y de castigar a quien se prostituye, pues sería como erradicar los accidentes de automóvil, pero sí de prohibirla y sancionarla cuando un tercero hace del tráfico de carne humana una actividad muy lucrativa, que es lo que nuestro Código Penal contempla en los artículos 187 y siguientes, redactados conforme al texto de la Ley Orgánica 1/2015, de 30 de marzo.

A la memoria me viene la copla que la monja jerónima Sor Juana Inés de la Cruz escribió allá por el siglo XVII. Dice así:

¿O cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga, o el que paga por pecar?

En fin, termino, pues el espacio se agota. Desde antiguo se oye y es cierto, que, en esto del sexo, lo mismo que en otros placeres o debilidades, cada cual goza como puede. Lo malo es cuando el contribuyente paga los gozos de los demás. Sobre todo si las aventuras de los puteros te cogen en plena campaña de la declaración sobre la renta o te enteras de que el suegro de quien gobierna se dedicaba al sucio y repugnante negocio de las saunas y los prostíbulos, que, salvo ligeros matices, vienen a ser lo mismo.


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