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El mundo de ayer, el mundo de hoy

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21.05.2026

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La lectura de El mundo de ayer. Memorias de un europeo me causa una nostalgia singular, casi vicaria. Es difícil no meterse en la piel de Stefan Zweig y sus prolijos recuerdos, escritos entre 1934 y 1941, poco antes de suicidarse, con su esposa Lotte, en el soleado exilio brasileño el 22 de febrero de 1942.

Zweig escribió estas memorias para que sus lectores podamos imaginar los tensos momentos previos a la Gran Guerra, la caída del Imperio Austrohúngaro y la gestación de una mutación metafísica –para decirlo con Houellebecq en Las partículas elementales–, una de esas alteraciones radicales en la forma en que la mayoría de la humanidad comprende y vive el mundo, y posteriormente el desmoronamiento de una civilización bajo el impulso irresistible del endriago nazi y el inminente estallido de una segunda conflagración planetaria.

Europa había vivido un siglo de relativa paz desde el final de las Guerras Napoleónicas hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Esto duró hasta julio de 1914. Transcurrió un siglo sin una guerra general entre las principales potencias europeas. Aunque no fue una paz absoluta, pues hubo conflictos importantes, desde la guerra de Crimea (1853-1856) hasta las guerras balcánicas (1912-1913) y algunas guerras coloniales o entre potencias menores, y todos se armaban intensamente, por si acaso.

La Gran Guerra fue la más sangrienta y brutal de la historia hasta entonces, con el uso de nuevas tecnologías militares, cañones de tiro rápido, aviación, tanques, armas químicas, submarinos, minas, granadas, ametralladoras… Un solo nido de ametralladoras podía detener regimientos enteros. La guerra “romántica” quedaba atrás y surgía la guerra industrial masiva, con un saldo de decenas de millones de militares y civiles muertos.

Stefan Zweig nació en una familia judía asimilada y cosmopolita de la Viena de la Belle Époque, y no le daba mucha importancia a su ascendencia hebrea; ante todo, se sentía europeo, humanista y ciudadano del mundo, inmerso en la cultura universal sin barreras étnicas o religiosas. Con una nostalgia contagiosa describe en El mundo de ayer aquella era de tolerancia relativa en el Imperio Austrohúngaro, cuando el antisemitismo era marginal o “civilizado”, es decir, no racista, como Karl Lueger, alcalde de Viena de 1897 a 1910, y fundador del Partido Social Cristiano, de sello populista, católico, antisocialista y antiliberal, que apelaba a la pequeña burguesía, artesanos y clases medias bajas descontentas con el liberalismo económico, a menudo asociado con judíos. Lueger fue un pionero del antisemitismo populista en Europa; en sus demagógicos discursos arremetía contra esta minoría, a la que acusaba de corrupción, de controlar la prensa y de practicar un capitalismo opresivo, lo que influyó en el joven Adolf Hitler, quien residía en Viena en esa época y admiraba a Lueger, el “mayor alcalde alemán”, como lo escribiría en Mein Kampf.

Desde principios del siglo XX circulaban en Europa ediciones de Los protocolos de los sabios de Sión, un libelo en el que se acusaba a los judíos de ser causantes de todos los males de la humanidad. Traducido a decenas de idiomas, influyó ampliamente en el auge del antisemitismo; hubo versiones en alemán (1919), francés e inglés, y poco después en italiano, sueco, noruego, polaco y japonés. Hitler afirmó que Los protocolos “revelan la naturaleza y la actividad del pueblo judío y exponen… sus objetivos finales definitivos”. En 1925 se publicó una traducción al árabe en Siria.1 El periodista alemán Benjamin Segel publicó en 1924 Los protocolos de los sabios de Sión, críticamente iluminados; en el prefacio a una edición inglesa de su libro, Segel escribió: “Esta falsificación ha causado una miseria incalculable a los judíos, y todavía ejerce un hechizo increíble en las mentes de las masas seducidas”.

Zweig no experimentó una discriminación significativa en su juventud ni en su carrera literaria. Con el auge del nazismo en los años treinta –la llegada de Hitler al poder, la anexión de Austria en 1938 y las leyes raciales cada vez más drásticas–, esa indiferencia se transformó en una dolorosa conciencia forzada: el odio racial lo obligó a reconocer su origen judío como una marca de persecución inevitable, lo que lo llevó al exilio –París, Londres, Nueva York, Petrópolis– y a un amargo desarraigo, con el triste final que conocemos.

Profuso en anécdotas –de la infancia a los últimos días–, El mundo de ayer es un inmenso y colorido mural de un periodo de la historia de Europa que resume el sentido de una vida,........

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