Joanna: la resurrección del sonido “Madchester”
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En la historia de las artes no son aislados los hallazgos de obras desconocidas que cambian la disciplina a la que pertenecen al propiciar nuevas perspectivas. En la Edad Media, los descubrimientos del tratado Sobre lo sublime, atribuido al seudo Longinos, y la Poética de Aristóteles transformaron el pensamiento artístico y establecieron las bases para la revolución moderna. El descubrimiento del conjunto escultórico del Laocoonte influyó, en el Renacimiento, en Miguel Ángel y otros escultores, y un par de siglos después inspiró uno de los ensayos más influyentes de la estética: Laocoonte: Sobre los límites en la pintura y la poesía.
En el ámbito del rock hay menos casos ya que hasta hace muy poco requería una inversión empresarial, por lo que sus frutos, los discos, no se archivaban ni descartaban. Con todo, hay ejemplos de publicaciones que han obligado a reconsiderar la trayectoria de un artista, como la de Smile en 2004, aunque en rigor no se trate del álbum de 1967 sino de una reelaboración. A mediados de 2025 apareció la caja Tracks II: The lost albums de Bruce Springsteen. Para desafiar el canon y revisar la historia del rock de las últimas décadas, recientemente emergió la grabación de un grupo que se había hundido en los páramos de Manchester a principios de la década de los noventa.
Joanna fue un grupo conformado por dos compañeros de trabajo, Neil Holliday (vocales) y Terry Lloyd (bajo), y dos estudiantes del Colegio de Música Leigh, Tyrone Holt (guitarra) y Carl Alty (percusiones). Antes de la consagración de The Stone Roses y de la eclosión a nivel nacional de la subcultura rave, cuando el britpop era una etiqueta que todavía no se confeccionaba, el cuarteto formado en 1989 parecía predestinado a la gloria, y merced a ese resplandor fue cortejado por ilustres personalidades de los medios interesadas en representarlo y por disqueras legendarias que codiciaban firmarlo, como Rough Trade y Polydor. Incluso Manchester Evening News los calificó como“la banda más popular que no publicado un disco” (en las notas de prensa se atribuye este juicio al NME, pero en realidad apareció en el influyente diario mancuniano).
Los acontecimientos tomaron un rumbo trágico que pareciera entrañar una suerte de moraleja, aunque en realidad sea un tópico en el negocio del espectáculo: una fábula de las ilusiones perdidas, en la que, tras un inicio venturoso, el desenlace es amargo. La versión que el grupo se ha encargado de difundir en sus comunicados refleja esos tintes fabulescos. Viajaron a Londres para ofrecer un concierto al que acudirían representantes de varias casas discográficas. Tan seguros estaban de su talento e inminente fichaje que los arrogantes jovenzuelos –el baterista frisaba los quince años– alardeaban en las entrevistas de la publicación de su primer álbum, del que ya habían grabado maquetas. Como si fuera una novela de Diderot, en sus planes no consideraban el sesgo fatalista. El encuentro en Londres del cantante con un antiguo amor escolar, poco después de la prueba de sonido en el bar, amargó su humor y repercutió en que la actuación largamente esperada fuera un desastre. Volvieron a Manchester, continuaron tocando, todavía con la etiqueta de la próxima sensación, pero, como si se tratara de una película sensiblera, no solo el corazón de Neil se había roto, sino también el de la propia banda. Sin salidas en puerta, pues desde hacía tiempo todos los grupos promisorios habían cogido el último vagón del sonido Madchester y el viento comenzaba a soplar en otra dirección, después de un año se disolvió.
En esta historia plagada de peripecias folletinescas, los demos estuvieron perdidos por 34 años y solo recientemente fueron descubiertos, de manera accidental, cuando un amigo del grupo los halló en su ático en una bolsa de plástico. Tras escucharlos, los músicos decidieron retomar su proyecto original. Si sus recuerdos eran brumosos, las cintas registraban un sonido irrefutable. “Nos dimos cuenta de que en realidad éramos tan buenos como recordábamos”, declaró Alty en la conferencia de prensa del lanzamiento de Hello Flower en diciembre de 2025, bajo el sello estadounidense New Feelings.
Es inevitable comparar un registro inédito con una cápsula de tiempo. En este caso, el disco es una instantánea sonora de ese periodo, entre la segunda mitad de 1989 y 1990, en el que Happy Mondays dominaba la escena con sus piezas de baile sobre los parranderos de tiempo completo (“Twenty four hour party people”) y The Stone Roses despuntaban con sus riffs guitarrísticos y su vocalista danzando como primate por el escenario. Como otros periodos bisagra de las décadas inmediatamente anteriores –de los sesenta a los setenta y de los setenta a los ochenta–, el de finales de los ochenta fue crucial, con las nuevas tendencias coexistiendo con las de la década que concluía. Superada la nostalgia y la emoción de escuchar una obra preservada en el tiempo, la primera reacción sería asociar el sonido de Joanna al de los Stone Roses e incluso considerarlo como derivado de Primal Scream. Sin embargo, y aquí retomo el motivo con el que comencé este artículo, es inquietante saber que, mientras el juvenil cuarteto mariguano –el nombre deriva de un indicativo juego de palabras: Marry Joanna– grababa sus maquetas, The Stone Roses debutaba discográficamente con su álbum epónimo. Pletórica como está la historia del grupo de sucesos que parecerían tramados por un guionista truculento, surge la pregunta obligada en toda línea de tiempo alternativa. ¿Qué hubiera pasado si Hello Flower hubiera salido en 1990? ¿Se habría considerado una derivación de The Stone Roses o por el contrario se habría apreciado su originalidad? ¿La crítica lo listaría como el eslabón perdido entre la subcultura rave y la aparición del britpop?
Junto a la tentación de la “cápsula del tiempo”, se encuentra la de aludir al aire del tiempo, a aquello que la antigua crítica denominaba Zeitgeist. Nunca sabremos cómo habrían escuchado este álbum sus contemporáneos, por lo que solo nos queda evaluarlo con base en sus resultados, más allá de la nostalgia y de la alegría de recuperar música original de uno de los periodos más fructíferos del rock. Y, sorprendentemente, si consideramos la juventud de sus integrantes, el disco vale por sus méritos y revela un talento irreductible a la copia.
La primera canción, “If you don’t want me to”, surgió como un ejercicio rítmico escolar compuesto por el baterista Alty. Ligeramente parecida a “Fool’s gold” de The Stone Roses, es más percusiva, con líneas de funk en el bajo y notas de psicodelia en la guitarra. Fue una decisión astuta elegirla como sencillo y pieza de apertura porque compendia la variedad de influencias y las virtudes de la banda: riffs poderosos que evocan una locomotora en movimiento, percusiones con tumbao caribeño, acentos funk y melodías sencillas, pero pegadizas. “Bandit country”, la siguiente, se encuentra más en deuda con el hedonismo de Madchester. Las guitarras, sin perder su energía ampulosa ni sus coqueteos psicodélicos, se enfocan en sostener una base bailable y festiva.
Son precisamente la asimilación de la estética rave, los fraseos psicodélicos y sobre todo la marcada orientación hacia el funk, por ello la gradual preponderancia de los saxofones, las características que distinguen el disco y convierten a Joanna en una banda singular. Es aquí donde apreciamos su originalidad, más allá de la semejanza del fraseo de Neil, el vocalista, con Ian Brown o del guitarrista con John Squire. Con pocos meses de trayectoria, el cuarteto buscaba encontrar su camino y aunque los capos de la escena local controlaban los caminos, percibió una vía de acceso en el sendero del funk. “Weather vane”, por ejemplo, es totalmente funk, mientras que “Mr. Sunshine”, mi canción favorita, es la más rica en cuanto a psicodelia y su ritmo convoca al éxtasis tribal. “Hey Presto”, por su parte, ilustra su asimilación de las enseñanzas de Shaun Ryder y compañía: “You’re my magic pill, and you’re all I need. I just take you at will to keep me on my feet”. El tema idóneo para un trippy. Otras piezas notables son “Hello flower”, la más alegre del conjunto, con cambios de ritmo y síncopa, y “Gardener’s world”, cuyas percusiones y metales, además de divertidos, son memorables, al tiempo que su lírica resulta impactantemente contemporánea, pues aborda la pobreza y la corrupción de los políticos y sus mentiras, algo que no “verás que suceda en Inglaterra / porque todos somos civilizados”.
Sería difícil argüir que Hello Flower alterará la historia del rock, pero es grato descubrir música fresca de un manantial del que aún abreva nuestro presente. Quizá The Stone Roses, Happy Mondays y Oasis no tengan más que decir, pero Joanna, al recuperar la conciencia, como Rip Van Winkle, parece una banda ávida por contar su historia. Y acaso esa sea la moraleja. ~
