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El fin de la paz administrada

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09.09.2026

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Al terminar la Guerra fría, buena parte del mundo creyó haber encontrado una forma de apagar sus viejos impulsos bélicos: comerciar más, invertir más, depender unos de otros. A eso le llamaron globalización. La idea era que si las economías se entrelazaban lo suficiente, la guerra perdería su lógica de destrucción unilateral, pues destruir al adversario significaría también destruir una parte de la propia prosperidad.

Durante décadas, pareció funcionar. El comercio mundial se disparó, el capital y la tecnología cruzaron fronteras a una velocidad inédita y antiguos rivales comenzaron a integrarse en un mismo sistema económico global. La prosperidad parecía capaz de hacer lo que la diplomacia nunca había conseguido: reducir la rivalidad entre las grandes potencias.

El avance comercial transfronterizo reforzó una confusión: que hacer negocios juntos significaba querer el mismo mundo. La integración no borró las rivalidades, la interdependencia no frenó a quienes aspiraban a redibujar fronteras y la prosperidad no hizo que las grandes potencias compartieran un mismo rumbo.

Aquel optimismo descansaba, además, sobre una premisa que se daba por sentada: Estados Unidos seguiría sosteniendo las alianzas y las garantías de seguridad que mantenían en pie el sistema.

Lo que emerge hoy no es un mundo sin reglas ni uno gobernado únicamente por la fuerza. Es uno híbrido, en el que la seguridad y el poder vuelven a disputar al mercado la última palabra. Ya no basta con preguntarse dónde es más barato producir: importa también de quién se depende y qué ocurriría si ese socio se convierte en adversario.

La disputa por el poder no solo cambia las relaciones entre los países: también transforma las reglas con las que intentan cooperar. Las instituciones que promovían la apertura comercial conviven, cada vez con más fricción, con políticas que buscan proteger aquello que un país necesita para funcionar y defenderse. Lo que antes se celebraba como una conexión con el mundo ahora también se examina como una posible vulnerabilidad.

No se trata necesariamente de abandonar el intercambio, sino de evitar que la dependencia se convierta en obediencia. En sentido contrario a lo que era una convicción central de la globalización, se asume que abrirse más no siempre significa estar mejor protegido.

Durante décadas, Washington protegió las rutas marítimas, mantuvo una red de alianzas, ofreció acceso a su mercado y encabezó instituciones........

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