Recuerdos del Partido Comunista
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a E. Vázquez Martín1. La primavera en el Hotel de México
En el otoño de 1980 visité la URSS. Mi viaje fue una de las últimas visitas oficiales de los comunistas mexicanos a la madre patria. Esa fue su única particularidad. Un año después, el Partido Comunista Mexicano, al que pertenecía como miembro de la comisión juvenil, se autodisolvió, tras 62 años de existencia., a E. Vázquez Martín1. La primavera en el Hotel de México
En el otoño de 1980 visité la URSS. Mi viaje fue una de las últimas visitas oficiales de los comunistas mexicanos a la madre patria. Esa fue su única particularidad. Un año después, el Partido Comunista Mexicano, al que pertenecía como miembro de la comisión juvenil, se autodisolvió, tras 62 años de existencia.
Milité en el PCM durante sus últimos y paradójicos años. Partido privado de su creciente influencia durante el régimen cardenista por decisión de Moscú, el PCM vivió una amarga Guerra Fría, entre la persecusión y la autofagia. Tras 1968, una nueva dirección decidió reformar al Partido, condenando la intervención soviética en Checoslovaquia y reivindicando al movimiento estudiantil, cuyas demandas democráticas hizo suyas, a diferencia del Partido Popular Socialista, consentido de Moscú y del PRI, que aplaudió la matanza del 2 de octubre. En 1978, a mis quince años, marché en el contingente comunista, conmemorando. Durante esa década, el PCM se había adueñado del Sindicato de Trabajadores de la UNAM, y, tras las elecciones de 1979, obtuvo la legalidad con el 5% de los votos y una bancada parlamentaria de doce diputados.
Aquel PCM era una familia. La mayoría de mis camaradas eran hijos o nietos de militantes históricos y, salvo en escasos sitios, era una sociedad de conferencias, que, a falta de relaciones con los obreros y los campesinos, luchaba con cierto éxito por restaurar su crédito entre la intelectualidad universitaria, dividida en numerosas sectas izquierdistas. El PCM, en alianza con algún grupo trotskista, había impulsado la reforma política, lanzando la candidatura sin registro de Valentín Campa a la presidencia de la república en 1976, quien compitió en solitario con López Portillo. Los dirigentes más visibles del PCM eran Arnoldo Martínez Verdugo, Pablo Gómez, Gerardo Unzueta, Eduardo Montes, Arturo Martínez Nateras y Gilberto Rincón Gallardo. En la mejor tradición del leninismo, decidieron que sólo la apuesta temporal por la democracia burguesa, y concretamente por las libertades electorales y sindicales, podía salvar al comunismo mexicano de la extinción. Mal o bien intencionados, lograron volcar a la izquierda hacia las urnas. Quienes nos insultaron por "reformistas" hoy ganan y pierden elecciones en el PRD.
Martínez Verdugo, antiguo estudiante de pintura en la Esmeralda, a quien la opinión pública conoció gracias a una entrevista en 1973 en Sucesos para todos, que dirigía Alejandro Jodorowski, llegó a la Secretaría General del PCM a una edad insólitamente temprana, tras la quiebra de la calamitosa dirección de Dionisio Encina en 1959. La generación de Arnoldo remaba contra un agravio histórico. Los soviéticos impusieron en 1937 la "política de unidad a toda costa", obligando a su sección local a entregar el control del movimiento obrero a Lombardo Toledano y a Fidel Velázquez. Más tarde, a los comunistas mexicanos les faltó valor para asesinar a Trotski. Campa y Laborde, sus dirigentes en 1940, fueron expulsados por ineficientes. Por ello, en el 68, el PCM impulsado por su canciller, Marcos Leonel Posadas dio algunos signos de rebeldía, como la condena a la invasión de Checoslovaquia o una entrevista con los líderes chinos poco después de los incidentes fronterizos de Manchuria entre la urss y el reino celeste de Mao.
Los comunistas mexicanos sumaron a los agravios de 1937 su consecuencia histórica. Para el PCUS, como para el régimen de Castro, la prioridad eran las buenas relaciones con el PRI, auténtico partido hermano, o el coqueteo experimental con la naciente guerrilla urbana. Así que nuestros comunistas decidieron practicar el "policentrismo", la doctrina italiana de Palmiro Toggliatti basada en la primacía espiritual del PCUS junto a la "libertad" de cada partido para realizar su política doméstica. En México era una necesidad de sobrevivencia, pues en aquellos años, mientras los soviéticos se negaban siquiera a mencionar la matanza del 2 de octubre, el régimen de Díaz Ordaz era un entusiasta defensor de la soberanía agredida del pueblo vietnamita.
Al pragmatismo de Martínez Verdugo se sumó la creciente curiosidad de Martínez Nateras y de Rincón Gallardo por el eurocomunismo, ese último intento de socialdemocratizar a los PC occidentales antes de la entonces imprevisible catástrofe de 1989-1991. Debe darse crédito al PCM por las actividades de su XIX y penúltimo Congreso de 1981, donde por primera vez en México un partido ofreció una discusión pública de sus ideas. Tras abandonar el concepto "dictadura del proletariado" por un simpático eufemismo llamado "poder obrero democrático", el PCM refrendó su condena de la invasión soviética de Afganistán (1979), abogó por una salida pacífica y negociada al conflicto polaco, y discutió los documentos partidarios más originales en la historia de la izquierda mexicana, que incluían demandas ecológicas y feministas, defensa de los derechos políticos del clero y de los homosexuales. Se promovió la revista El Machete (1980-1981), cuyo director Roger Bartra apostó por una iconoclastia que rebasó rápidamente las buenas intenciones de quienes apenas aspiraban a emular el nuevo catecismo de Enrico Berlinguer, Georges Marchais y Santiago Carrillo.
Ese XIX Congreso se realizó en el eternamente inconcluso Hotel de México. Y pese a los contingentes campesinos de Ramón Danzós Palomino, era casi imposible encontrar entre la doctrinaria audiencia que votaba a mano alzada si había o no "crisis del capitalismo", algo parecido a un obrero industrial. Pero en compañía de los ideólogos priistas Reyes Heroles y Muñoz Ledo, y del PAN, esos comunistas comenzaron, a fines de los años setenta, a legitimar la "electoralización" de la vida mexicana. Desde entonces, antiguos católicos como Rincón Gallardo soñaban con un "compromiso histórico" con el viejo y honrado enemigo conservador, el PAN. Se favorecía el diálogo cristiano-marxista, que tuvo su momento estelar cuando Valentín Campa entró en 1980 a la Basílica de Guadalupe como testigo de calidad en la misa por el asesinado arzobispo Romero de El Salvador. A la distancia, cabe decir que la cultura política mexicana se vio beneficiada por la brevísima primavera del PCM.
2. Silencio en el Báltico
En esos días visité la Unión Soviética. El motivo era un folclórico en varios sentidos encuentro entre las juventudes mexicana y letona, pues nuestra agenda debería cumplirse en la hermana República Socialista Soviética de Letonia, en cuya capital, Riga, sesionamos. Arribé a Moscú con un ejemplar de América, de Kafka, y tan pronto como pude compré en un kiosco, con toda libertad, ejemplares de L'humanité y de L'Unitá, cotidianos de los partidos francés e italiano, cuyas opiniones eran las mías. La ausencia de "sociedad civil" en Moscú, es decir, de cualquier forma atractiva de vida callejera, me alarmó. Comprobé otras cosas desagradables: la absoluta desigualdad de la mujer, que ni siquiera conducía automóviles, así como la incapacidad de los camaradas del Komsomol, la organización juvenil soviética, para aclarar preguntas cuyas respuestas yo ya sabía. Preferían explicarnos que no había habido mala fe en los jueces al privarnos de la medalla para Daniel Bautista en los apenas clausurados juegos olímpicos. Pero no respondían por qué se necesitaba de pasaporte interno para ir a Letonia, por qué se veían jóvenes en las iglesias o cuál era la razón, tras recorrer el Museo Lenin, de que tantos bolcheviques hubiesen muerto entre 1936 y 1937. Yo había leído a Trotski antes que a nadie pero ingresé al PCM, un par de años atrás, por clasicismo.
Huésped insignificante, califiqué con siete a esa dictadura soviética que me acogía como appartchiknik. Creía firmemente en que el socialismo era una empresa prometeica de la humanidad, y que como tal, por más taras, enfermedades o desviaciones que padeciera, era un Estado obrero estructuralmente superior a cualquier otro tipo de sociedad.
Regresé, comunista al fin, con la misma opinión con la que llegué, la aprendida con los intelectuales del PCM, quienes como Bartra, Enrique Semo y Sergio de la Peña consideraban reformable al país de los Soviets. Los crímenes de Stalin o Pol-Pot me parecían una desgracia que la superioridad moral e intelectual del marxismo se encargaría de lavar. Me avergonzaré toda la vida de haber practicado esa escatología diabólica. No es consuelo pensar que esa misma lógica guió a los grandes escritores y filósofos, aquellos que tuvieron el valor de arrepentirse en voz alta: Panait Istrati, Koestler, Silone, Revueltas, Merleau-Ponty, Morin, y tantos otros.
La persistencia del desasosiego prueba que mi enfermedad infantil del comunismo dejó, para bien y para mal, secuelas incurables. Este año, en Santiago de Chile, lo volví a vivir. Un viejo comunista chileno, bellamente esculpido como un muñeco de nieve, escuchaba en una reunión los horrores del pinochetismo que mis amigos contaban a una pareja de diplomáticos. El héroe de la resistencia antifascista escuchaba y llamaba gentuza al general y a sus sicarios. Ese mismo hombre vivió quince años en Moscú, al calor de los huesos de cincuenta millones de rusos sepultados por ese comunismo soviético del que se siente orgulloso. Es autor de un libro sobre el poeta Neruda donde ni siquiera aparece la palabra "estalinismo".
Tan pronto salimos de Moscú mi opinión cambió un tanto. Conocí en el tren la chejoviana melancolía de los rusos, casi alegre, y miré una campiña bastante depauperada. Pero cuando llegamos a Riga mi colorida película tornose blanco y negro. Ignorante de la trágica historia báltica, cuando paramos en el andén me vi arribando a un país europeo militarmente ocupado por los soviéticos. El traje de los jóvenes comunistas letones, todos ellos altos y caucásicos, era un uniforme negro que asemejaba al de las ss. El ballet folclórico que nos dio la bienvenida brindaba todo el horror plástico de la impostura. Y de la hermosísima Riga recuerdo a las mujeres golpeadas en la calle por maridos ebrios ante la indiferencia general. Me aterrorizó, al fin, el antisemitismo, que, aunque milenario en esa zona del mundo, era aprovechado por los jóvenes comunistas locales para sacar a gritos a los "judíos" de los bares cuando los delegados mexicanos llegábamos a tomar un trago. Dejé de presumir que mis bisabuelos judíos habían emigrado desde esas tierras hacia los Estados Unidos tras los pogromos de 1905.
Pocas noches después, uno de los delegados mexicanos logró subir a una prostituta a su habitación. Se hizo Guardia Blanca en su puerta para evitar que las matrioshkas que vigilaban el piso lo descubriesen. Pero los komsomoles de Moscú, todos llamados Alejandro,........





















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