Echar un párrafo
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No conozco el volumen inicial de las memorias del doctor Adolfo Bioy, Antes del novecientos, un "libro admirable", dice Borges, con "el carácter duradero y sereno de una obra clásica". Me decidí rápidamente por el segundo, en el kiosco a las puertas del banco en que debía hacer una larga cola, porque me atrajeron más los viajes transatlánticos y las vacaciones europeas que los trabajos del campo, y porque no conocía la reseña que cito. No me arrepiento de la elección: el personaje es admirable, la época apasionante y el libro, escrito en una prosa sobria y directa, nos depara en las páginas finales la sorpresa de un autor que sigue sin desdoro los procedimientos narrativos del hijo único de su matrimonio con Marta Casares, al que la decimoquinta edición de la Enciclopædia Britannica (1989) presenta como "Brazilian novelist and short-story writer, best known for his use of magic realism".
No me arrepiento, pero tampoco me consuelo de no haber adquirido ese libro al que "es verosímil conjeturar que lo han precedido muchos borradores orales, ya que se trata de memorias que antes de pasar al papel se habrán pulido y afinado en el diálogo". La conjetura me llama la atención porque, al leer su gratísima relación de unos Años de mocedad tan suyos como del siglo y de nuestros países, me sorprendió la frase con que Bioy describe cómo, al salir de sus clases en la Facultad de Derecho, se detenía un momento a "echar un párrafo" con los amigos. La expresión, hoy en desuso y ya más del campo que de la ciudad me dice Danubio Torres Fierro en los años sesenta en que quien fue ministro de Relaciones Exteriores de la República Argentina tras la caída de Irigoyen redacta la parte final de sus memorias (hay un tercer tomo, inconcluso e inédito), equivale naturalmente a la mexicana "echar un verbo" ("conversar familiar e informalmente", dicen los diccionarios), pero tiene la gracia de referirse a la conversación como a un fenómeno retórico.
Desde luego, sería una ingenuidad entender literalmente y suponer que los estudiantes de la universidad de Buenos Aires discurrían "al modo amebeo, […] alternados y concertantes, en melódica y deliciosa anticipación del acorde final" como dice Jaime Gil de Biedma (Vuelta 110, enero de 1985) que los imaginaba Francisco Rico a él y los otros participantes en cierto coloquio sobre literatura medieval. Sin duda, las conversaciones que cabían en ese paréntesis entre las aulas y la calle eran desordenadas y destejidas, más bien saludos, guiños y bromas, señas de identidad y contraseñas de una cofradía. Pero en el origen de la frase hecha hay una conciencia retórica, obviamente irónica, y me gusta imaginar a otros muchachos, digamos que salmantinos (la frase es de origen peninsular), echándola a rodar al salir de una clase, con la Retórica de la conversación de Ignacio de Luzán en la mano.
Es imposible, sin embargo, que esos estudiantes o el doctor Bioy conocieran un tratado que sólo hace unos años pasó del manuscrito a la luz pública, y dudoso que hubieran frecuentado los muchos que sobre el arte de la conversación produjeron los salones ilustrados, pues aún hoy son lectura de especialistas. En cambio, es evidente que la idea de civilización sugerida por la frase "echar un párrafo" es precisamente la que postulan esas páginas, anteriores al mito de la Revolución y ajenas al prejuicio de una igualdad universal y absoluta. Conversar es más que meramente hablar y más que dialogar, pues implica no sólo el intercambio de pareceres sino el acuerdo en ciertos principios éticos y retóricos. Implica, en otras palabras, una práctica de la cortesía, una concepción de la intimidad, un ideal de civilización al que aspiran, y no en vano, lo mismo el doctor Bioy que su hijo, Adolfo Bioy Casares, el grupo que con él se reunió en las páginas de la revista Sur y la familia de escritores que, sin haber publicado en ella, comparten sus maneras y modales literarios. (Pienso, desde luego, en un "escritor oral" como Alejandro Rossi, que se ha calificado así en su libro más reciente.)
"He trabajado durante 23 años en la redacción de Sur, y como puede suponerse, he conocido buenos y malos momentos. Ahora, con la ayuda del olvido, aliado natural, sólo recuerdo los buenos. Entre ellos, las rápidas visitas de Borges. ¡Qué alegría verlo llegar con uno de esos originales que eran la razón de ser de la revista!" Este pasaje de José Bianco, que todos quizás aceptemos de inmediato como esencialmente justo, más allá de su modestia evidente y su entusiasmo, puede resultar excesivo. La revista de Victoria Ocampo era casa de un grupo de argentinos como Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Ernesto Sábato, Raimundo Lida, Eduardo Mallea, el propio Bianco, y recibía a extranjeros como Roger Caillois, Drieu La Rochelle, Jules Supervielle, José Ortega y Gasset, Octavio Paz, Rabindranath Tagore. Pero no parece creíble que el secretario de redacción de Sur, en quien la cortesía esencial no estorbaba la penetración del juicio literario, quisiera decir que sin la presencia de Borges la revista hubiera carecido de justificación. Más sensata es una ligera variación de la frase: bastaría la presencia de un escritor como Borges para justificar la existencia de una publicación. Pero prefiero entender que la razón de........
