menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La serenidad vigente

22 0
21.07.2026

Ciudad de México, 2026, 304 pp

Nombre de usuario o dirección de correo

SEBASTIÁN: ¡Qué sopor tan extraño los domina!ANTONIO: Es el carácter del lugar.SEBASTIÁN: ¿Y por qué no cierra nuestros párpados?Yo ganas de dormir no tengo.ANTONIO: Ni yo. Mi mente está muy despierta.Ellos se han dormido a una, como por consenso,como tumbados por un rayo.

Shakespeare, La tempestad

Durante algunos años, especialmente en los meses de redacción de mi tesis de maestría, cargué todos los días en la mochila un libro que –creía– iba a cambiar por siempre la visión que sobre los modos de imaginar la ciudad tenía el departamento de estudios donde era, a la vez, becario y estudiante. Lo había comprado por su peso en oro, en Quito. Leía el libro y lo releía y no lo subrayaba porque lo atesoré y porque su tapa me parecía enigmática y afortunada. Convencí a unos pocos de su valor e incluso conseguí fondos institucionales para fotocopiarlo y ponerlo a disposición del profesorado. Nunca nadie me dijo nada.

Años después, encontré otro ejemplar en una barata de la Ciudad de México. Terminó acumulando polvo en la casa de quien lo recibió prestado, hasta que un día, al revisar su estante y descubrirlo nuevamente, me deshice en ditirambos. El señalador se había quedado en la página 24. Había pasado al menos un lustro desde que lo dejé en esas manos y yo mismo olvidé que era el propietario y el gentil aconsejador de un texto de improbables –si no inexistentes– lectores.

Así me fue con La fiesta vigilada (2007), de Antonio José Ponte, leída al alimón con otro libro raro, quizá más raro, rarísimo: Rex (2007), del también cubano José Manuel Prieto. Esta vez no le dije a nadie que leyera esa novela de argumento elusivo –yo mismo no estaba seguro de su valía–, pero fui procurándome otras obras de esos dos cubanos exiliados, escritores que parecían publicar fuera no ya de su literatura, sino de sus propios tiempos. Ponte escaso, elíptico, casi austero; Prieto brumoso, las más de las veces extranjero dentro de su propia narración.

Lo cierto es que ambos fueron las dos columnas sobre las que se........

© Letras Libres