Un muerto de pacotilla
Allí se reunían, en el velorio, nuestros mayores y suponíamos, como chicos que éramos, que el post mortem era un tiempo para la tristeza y para la resignación. No voy a contar aquí, cómo lucía el difunto, con su pijama y su pajarita, en medio de la mejor habitación de la casa. Un par de velas gordísimas chisporroteaban con una luz siempre tambaleante, y con aquel humo negro, que se pegaba sobre las paredes y sobre el presunto fiambre medio descompuesto.
Observábamos al muerto a hurtadillas, con temor y algo de miedo. Poco a poco observando, mirando furtivamente, nos fuimos dando cuenta de que el hombre muerto estaba aún despierto. La luz no era buena y aunque podíamos equivocarnos tuvimos la impresión de que el viejo arqueaba las cejas, cambiaba el rictus bucal, y en fin… se movía primero despacio y después........
