¿Misión de paz o misión de guerra?
El debate sobre si debe calificarse como misiones de paz o como misiones de guerra las operaciones militares contemporáneas suele ser recurrente. La pasada decisión de desplegar la fragata Cristóbal Colón en el Mediterráneo oriental, ya relevada, constituye un ejemplo paradigmático de esta controversia. La oposición conceptual entre «misión de paz» y «misión de guerra» es, en gran medida, artificial. Las operaciones militares contemporáneas se sitúan frecuentemente en un espacio intermedio entre ambas dimensiones.
El problema, en realidad, no es terminológico, sino político. Desde el final de la Guerra Fría, los Estados occidentales han mostrado una tendencia a evitar el uso del término «guerra», sustituyéndolo por fórmulas como «operación de estabilización», «operación de mantenimiento de la paz» o «misión internacional». Esta evolución responde a evidentes razones de comunicación política: el término «guerra» posee una carga emocional negativa que los gobiernos evitan.
Sin embargo, la realidad jurídica y militar de estas operaciones es más compleja. El concepto clásico de guerra -la confrontación declarada entre ejércitos regulares de dos Estados soberanos- pertenece en gran medida al pasado. Las guerras contemporáneas se desarrollan en escenarios híbridos, donde intervienen actores estatales y no estatales, fuerzas multinacionales bajo mandato internacional, milicias irregulares o, incluso, organizaciones terroristas. El campo de batalla se ha difuminado y las categorías tradicionales resultan insuficientes para describir la naturaleza de los conflictos.
En una sentencia del Tribunal Supremo de 7 de marzo de 2005, relativa al reconocimiento del llamado «valor acreditado», el alto tribunal sostuvo que el contexto bélico no puede limitarse al supuesto clásico de guerra formalmente declarada entre Estados. Según el Tribunal, debe adoptarse un concepto amplio de guerra que incluya todas las formas de conflicto armado en las que intervengan tropas españolas, incluidas las operaciones internacionales de mantenimiento de la paz o de apoyo a procesos de estabilización en escenarios donde pueda ser necesario el uso de la fuerza militar.
Esta doctrina resulta particularmente relevante para analizar el despliegue de unidades navales en zonas de tensión estratégica. El envío de la fragata Cristóbal Colón al Mediterráneo oriental, que se presentó como «operación defensiva» se inscribe en este tipo de operaciones. España participa en diversas estructuras de seguridad colectiva -fundamentalmente en el marco de la OTAN y de las misiones de la Unión Europea- destinadas a garantizar la estabilidad regional y la seguridad marítima, sin que nadie se haya atrevido a calificarla como «misión de guerra» a pesar de que en pura ortodoxia militar una «operación defensiva» es una «fase de la batalla».
En efecto, desde el punto de vista militar, se trató de una operación armada en la que una unidad naval completamente equipada mantuvo capacidad de combate real y operó en un entorno potencialmente hostil. La presencia de la fragata Cristóbal Colón, una de las unidades más avanzadas de la Armada, no fue meramente simbólica: constituyó un sofisticado elemento operativo armado de disuasión.
Las operaciones de paz contemporáneas, especialmente en el ámbito marítimo, incluyen precisamente este tipo de capacidades. El conocido Informe Brahimi de Naciones Unidas sobre operaciones de paz (2000) ya advertía que las fuerzas desplegadas bajo mandato internacional deben ser capaces no sólo de observar o mediar, sino también de defenderse y de imponer el cumplimiento de su mandato cuando resulte necesario.
En consecuencia, las unidades desplegadas deben contar con reglas de enfrentamiento que permitan responder eficazmente a amenazas armadas. Dicho de otro modo, la paz se mantiene mediante la capacidad creíble de usar la fuerza. Desde esta perspectiva, afirmar que el despliegue de la fragata española constituyó una «misión de paz» resulta, cuando menos, incompleto.
No se trata de una guerra en sentido clásico, pero sí de una operación militar desarrollada en un contexto estratégico caracterizado por tensiones geopolíticas y por la posibilidad real de enfrentamientos armados. Las misiones navales en zonas sensibles del Mediterráneo oriental forman parte de un sistema de disuasión colectiva que pretende precisamente evitar que esas tensiones degeneren en un conflicto abierto.
La distinción entre paz y guerra, por tanto, no debe plantearse como una oposición absoluta, sino como una función continua. Las operaciones militares internacionales contemporáneas se sitúan en un espacio intermedio en el que la prevención del conflicto y la preparación para el combate son dimensiones inseparables. Negar esta realidad por razones comunicativas o políticas puede conducir a una percepción distorsionada del papel que desempeñan las fuerzas armadas, además de la posible inmoralidad que supone llamar «misión de paz» a operaciones militares con alta probabilidad de enfrentamiento bélico.
Presentarlas únicamente como operaciones de mantenimiento de la paz puede resultar tranquilizador desde el punto de vista político, pero no describe adecuadamente las condiciones reales en las que operan nuestros militares. En el mundo contemporáneo, la paz se sostiene sobre una aparente paradoja: su mantenimiento depende de la existencia permanente de fuerzas preparadas para combatir. La sociedad debe ser consciente de esta realidad.
Tomás Torres Perales Comandante de Caballería y abogado. Academia de Ciencias y Artes Militares
