Éroes de Hopereta
Desde que el poder se ha empeñado en tipificar las emociones, yo ya no odio, sino que detesto. En un caso extremo, incluso aborrezco.
Hasta que no se tipifique el delito de haborrecimiento (con hache o sin hache) creo que estoy a salvo, por tanto, de la cárcel, la censura, la sanción o la cancelación. Es un planteamiento que me atrevo a creer astuto y que ofrezco generosa y filantrópicamente a los neurólogos cognitivistas que, desesperados, siguen recordando........
