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Me encontré al Anticristo

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06.04.2026

El 2012 vi por primera vez al Anticristo en Caquiaviri. Un pintor anónimo del s. XVIII nos dejó en la iglesia del pueblo una serie de pinturas de Postrimerías, entre las que figura El reinado del Anticristo. En ella aparece el falso Cristo representado con atuendos orientales y siendo adorado por judíos, indios americanos y distintos pueblos del Oriente.

En esta representación, el Anticristo es un sujeto racializado, visto como exótico por la mirada blanca. Esta obra ilustra uno de los mitos del cristianismo y propone a la evangelización como una política de la imagen, donde se transmite la doctrina a partir del apartado visual. Al leer esta pintura en el entendido de que la Colonia ha impuesto sobre los indios una política identitaria de blanqueamiento, vemos que este proceso ha resultado ser históricamente algo necesario para sobrevivir en el mundo terrenal, pero también para conseguir la salvación eterna.

Ya en el mundo actual, me he topado por personas que discuten a partir de la frase “yo, como cristiano”. Todos tenemos derecho a pensarnos conservadores si es lo que creemos, pero cuando alguien parte de dicha frase, yo ya sé que va a ser una batalla perdida. Estas personas parten de un sesgo, muy inconsciente, desde el cual miran y naturalizan el mundo. Esto es un gran triunfo para quien desea manipular masas y los políticos bolivianos son muy conscientes de ello: por eso tantos se revisten de misas y biblias o suben estados con mensajes religiosos.

Nietzsche criticó al cristianismo por haber glorificado la debilidad humana y haber convertido a la impotencia en superioridad moral. Desde esta base, podría afirmarse que el verdadero Anticristo no es quien se opone a Cristo, sino quien convierte a la moral cristiana en instrumento político de dominio y domesticación. En Bolivia, los políticos usan la religión para manipular a quienes miran el mundo desde el sesgo cristiano sin ser conscientes de él.

El 29 de marzo, Rodrigo paz publicó en sus redes sociales una serie de fotos participando en la misa de Domingo de Ramos. Lo vimos arrodillado en oración, recibiendo la bendición de las palmas, abrazando a personas. En su publicación escribió: “es un tiempo para renovar nuestra fe y reflexionar sobre la importancia de la humildad y la paz en nuestros hogares. Que esta semana sea de unidad para todas las familias bolivianas”. La táctica retórica es evidente: tal como los evangelizadores de la colonia unificaban a todos los “salvados” en el sujeto blanco, católico e identificado con el poder colonial, Paz habla desde un plural inclusivo que incluye, efectivamente, a quienes se identifican con la fe cristiana. A partir de allí, termina su mensaje llamando a la unidad del país, sin darse cuenta de que termina excluyendo a muchos y seleccionando a pocos en el país que quiere.

Muchas veces quiero imaginar que el Jesucristo de los evangelios es un sujeto real, tal cual lo imaginan los cristianos y quiero imaginar que desde su gloria celestial decide repetir su heroicidad salvadora y encarnar hoy en Bolivia. Este Dios bien lejos estaría de los cristianismos, nacería en alguna población del Altiplano sin alcantarillado y sin internet. Comenzaría su recorrido doctrinal entre grupos indianistas radicales y les enseñaría su doctrina de perdón. Muchos le exigiríamos que guíe la revolución india. Los cristianos serían los primeros en crucificarlo y lanzarle piedras, le gritarían “indio de mierda”.

El Jesús histórico fue un sujeto racializado, vivió violencias coloniales similares a las que vivimos hoy, con seguridad vivió el racismo de su tiempo, el hambre y la pobreza. Si ese Cristo viviera hoy, no sería reconocido por los cristianos. El Anticristo, en cambio, se mete al palacio de gobierno Biblia en mano, nos manda a hacer ayuno y oración en media pandemia, se arrodilla ante militares para rezarles que maten indios y sube estados de Instagram en Domingo de Ramos.

*Es escritor y educador


© La Razón