El taxista, el presidente y el precio de la improvisación
Esta crónica nace de una conversación con un taxista sobre el gobierno. El intercambio me llevó a una pregunta incómoda: ¿Qué estamos evaluando cuando elegimos a quienes administrarán el país? Desde esa conversación reflexiono sobre una democracia imperfecta, la incertidumbre cotidiana y el costo de confiar decisiones económicas a políticos que no son economistas calificados.
Recupero la inquietud que despertó aquel diálogo: La distancia entre lo que el poder comunica y lo que la ciudadanía experimenta. Un gobierno puede construir una imagen convincente, pero esa impresión debe contrastarse con su capacidad para resolver problemas. La propaganda ocupa pantallas; las consecuencias de una mala decisión ocupan la mesa familiar.
El taxi ofrece una perspectiva que los despachos suelen ignorar. Su actividad obliga a relacionar ingresos, costos, mantenimiento y tiempo. Cada recorrido tiene un costo de oportunidad. Cada jornada exige calcular cuánto queda después de trabajar. Esa experiencia permite advertir una verdad elemental: El dinero que entra no equivale al beneficio disponible, ni una promesa equivale a una solución financiada.
La democracia imperfecta conserva el voto, pero puede debilitar la vigilancia. La elección pierde racionalidad cuando el entusiasmo sustituye al........
