Fernando Ónega, el lenguaje de la Transición
Fernando Ónega. / LNE
La desaparición de Fernando Ónega invita a recordar no solo a un gran periodista, sino también una época en la que la política española aprendió a hablar un lenguaje nuevo: el de la concordia. Con él se va uno de los intérpretes más fieles de aquel espíritu que presidió los años fundacionales de la democracia.
Ónega no fue un tribuno ni un agitador de consignas. Fue algo más difícil y más necesario: un artesano del lenguaje político. De su pluma salió aquella fórmula que Adolfo Suárez pronunció en la campaña de 1977 —"puedo prometer y prometo"— y que quedó fijada en la memoria colectiva como el emblema verbal de la Transición. No era una frase brillante por casualidad. Encerraba una intuición política: España necesitaba menos épica y más confianza.
A veces la historia no la hacen quienes hablan desde la tribuna, sino quienes enseñan al país a hablar un lenguaje nuevo. Ónega pertenecía a esa generación que comprendió que la democracia española debía construirse también con palabras distintas de las que habían dominado la vida pública durante décadas. Frente al tono áspero de la confrontación, introdujo un vocabulario de prudencia y conciliación que ayudó a explicar al país el tránsito hacia una nueva etapa.
Aquella pedagogía política —a menudo discreta, casi invisible— fue una de las contribuciones más valiosas de quienes trabajaron en la trastienda de la Transición. No se trataba solo de cambiar instituciones, sino también de modificar el clima moral de la política.
Durante décadas, Fernando Ónega acompañó la vida pública española desde la radio, la prensa y la televisión. Fue uno de los cronistas más constantes de nuestra democracia. Mientras el periodismo político se transformaba en un territorio cada vez más dominado por la urgencia y el espectáculo, él conservó una forma de observar la realidad más cercana al análisis que al ruido de la polémica. Su estilo, reflexivo y ponderado, evitaba el griterío y prefería la argumentación.
Tuve ocasión de convivir con él en los últimos veranos en La Toja, donde coincidíamos con regularidad. Allí aparecía el Ónega más cercano: cordial, irónico, atento a la conversación y a la actualidad con esa curiosidad serena que nunca abandonó y un escepticismo casi brechtiano que evidenciaba sus raíces gallegas.
Nuestra coincidencia venía de más atrás, de los tiempos —2014-2019— en que ambos escribíamos como columnistas en La Vanguardia. En su trato personal se reconocía fácilmente al mismo periodista que había acompañado durante décadas la vida pública española: ponderado en el juicio y elegante en la palabra.
En los años en que la enfermedad puso a prueba su salud, contó con un gesto extraordinario de su esposa, Ángela, que llegó a donarle un riñón. Fue uno de esos actos silenciosos de amor que hablan por sí solos y que revelan la calidad de una vida compartida. Ónega lo evocaba siempre con una gratitud profunda, consciente de que la vida —como la política— se sostiene muchas veces sobre lealtades discretas.
Quienes hoy lo recuerdan coinciden en señalar un rasgo que quizá explique mejor que ningún otro su trayectoria: el talante. Era el mismo que quiso imprimir Adolfo Suárez a los años fundacionales de la democracia española. Un estilo basado en la negociación, en el respeto al adversario y en la convicción de que la convivencia exige más inteligencia que estridencia.
Ese fue, en esencia, el espíritu de la Transición. No una edad dorada —como a veces se presenta con exceso de nostalgia—, sino un tiempo en el que una generación comprendió que el futuro del país dependía de su capacidad para rebajar la temperatura de la política.
Fernando Ónega pertenecía a esa generación. Y quizá por eso su desaparición deja una sensación que va más allá del afecto personal o del reconocimiento profesional. En su forma de entender el periodismo y la vida pública había una lección de moderación y respeto que convendría no olvidar.
Porque la democracia no se sostiene únicamente sobre leyes y mayorías parlamentarias. También necesita un clima moral hecho de prudencia, respeto y sentido de la responsabilidad. Ónega fue uno de los periodistas que ayudaron a construir ese clima.
Tal vez por eso su ausencia produce una impresión singular: la de que con él se aleja un poco más aquel espíritu de concordia que hizo posible la Transición española.
