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Palabras en la oscuridad

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25.02.2026

Imagen de archivo de una hogera encendida en una calle de Cuba durante un apagón. / Nick Kaiser/dpa - Archivo

En Cuba, a la escasez de combustible se le une la de otros bienes de primera y segunda necesidad. No sé en qué categoría está el papel para escribir (el higiénico es otro cantar), supongo que según para quién tendrá una prioridad u otra. Esta carencia draconiana, tan cíclica como a la vez habitual en la isla, se alimenta tanto del bloqueo como del gobierno, tan extemporáneos el uno como el otro. Aunque sea otra historia, convendría reflexionar sobre si el actual agravamiento de esas medidas de ahogo no produce sobre todo el sufrimiento de la gran mayoría de la población (además de otras cosas). Igual es justo lo que se busca al amparo de provocar una reacción interna que, desde el hambre, pretenda hacer fuerza ante la represión, pero la crueldad absoluta de la medida sigue siendo transparente como el agua de los cayos.

Leonardo Padura ha sido uno de los mejores retratistas de La Habana en las últimas décadas. Criticado desde algún extremo como un hereje del lado bueno de las historias, es uno de los más sutiles narradores de la decadencia o incoherencias de un régimen mientras sostiene la cultura de un lugar propiamente mágico. Esto y seguir viviendo en su país le han condenado casualmente al olvido en su propia tierra. Siempre me ha sorprendido que haya podido seguir escribiendo como lo hace y residir allá, aunque entre y salga por su arraigo y reconocimiento internacional, sin llegar a ser precisamente un “policía del régimen”. Creo que sólo él podía contar al mundo, durante el primer período especial, algo como el poder llegar a tener de mascota a una serpiente flaca, con todo lo que eso simboliza.

Hoy lo imagino casi a ciegas agotando al máximo una libreta de cuartilla porque el ordenador no tiene corriente. Pensando y hablando en sus apretadas líneas de pelota, de jazz cubano, de censuras, de añoranzas por estar lejos, del arroz con mango que muchos tienen en la cabeza, de tragos de ron repartidos como en la balsa de un naufragio (me refiero al de un barco en alta mar), de personas decentes, unas que aman a los perros y otras que mueren en la arena. Y sobre todo le imagino levantando a Mario Conde de la cama. Le veo con la última luz creando sus casos, como sus días, la mayoría sin resolver aunque al final él se buscará la vida. Y quizás sea ese espíritu de sus novelas negras que desprenden un olor romántico o triste el que me lleva a pensar con cierta esperanza que, antes de que anochezca, Padura y Conde perdurarán en la memoria como testigos de una era y un lugar que no se perderán como polvo en el viento.


© La Provincia