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Susto o muerte

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27.03.2026

Ya conocen el chiste ese de susto o muerte. Pues bien, estamos domiciliados en ese chiste y, lo que es peor, no hay otro lugar a donde mudarse. La enésima guerra en Oriente Medio nos llevará a una crisis económica cuyos efectos pueden prolongarse varios años o a una guerra mundial que nos ahorrará todos los años imaginables. Susto o muerte. Hace algún tiempo me preocupé en localizar la base de lanzamiento de misiles nucleares más cercana a Canarias, descartando a los países de la OTAN. Se encuentra en la ciudad rusa de Kaliningrado, entre Polonia y Lituania. Kaliningrado fue, hasta 1945, ciudad alemana con el nombre de Königsberg; ahí nació, estudió, escribió, se emborrachó, guardó castidad y murió Kant, quien escribió el hermoso tratado Sobre la paz perpetua. Nadie sostiene, por supuesto, que esté previsto un lanzamiento de misiles sobre Canarias desde Kaliningrado. Pero si así ocurriera el artefacto nuclear caería sobre cualquiera de las islas en 27 minutos aproximadamente. No valdría la pena avisar a los ciudadanos. Tal vez nadie, ni Casimiro Curbelo, se enteraría. Sería digno de ver a Jessica de León intentando salvar machete en mano a los turistas de la antropofagia de los autóctonos.

Mientras tanto ha sido aprobado el escudo social de medidas contra la crisis inflacionista en el Congreso de los Diputados con la abstención del PP y de Podemos. Los sanchistas se han horrorizado por los primeros pero apenas han mencionado a los segundos. Ayer intenté no escribir sobre el debate que precedió a la votación. Demasiado mezquino, miserable, predecible y, sobre todo, estúpido. Lo más estúpido de todo: el niño bonito de Gabriel Rufián desde la tribuna de oradores vendiéndoles la moto a los inquilinos afectados porque podían acogerse al decreto para prorrogar los alquileres aun en el caso de que no sea convalidado por la Cámara Baja. «Manden un burofax al casero ahora, cuando el decreto está en vigor, que después se puede pelear en los tribunales». Lo que hay detrás del buenismo de las izquierdas es una forma inversa de filibusterismo parlamentario. Se acogen al trámite procedimental establecido reglamentariamente no para impedir la aprobación de una ley, sino para convertir un decreto en una norma legal de facto sin que sea necesario la aprobación de la Cámara Baja. ¿Y por qué no emplear siempre esta brillante estratagema a fin de eludir la exigencia de mayoría parlamentaria para legislar? Ya está, no es imprescindible una mayoría parlamentaria. Que las derechas dispongan de mayoría de escaños en las Cortes no significa nada, basta con trampear, y el concepto mínimo de seguridad jurídica es cosa de fachas. ¿No sale en la última película de Torrente? En Canarias se ha llegado a un acuerdo entre el Gobierno autonómico y el central sobre medidas específicas para el paisito que supuestamente serán aprobadas en Consejo de Gobierno el próximo lunes. Es un poco extraño. Y las medidas específicamente canarias, pero que solo pueden ser aplicadas o autorizadas por el Ministerio de Hacienda, ¿cuándo se aprueban?

Lo más preocupante es comprobar que la excepcionalidad lo cubre todo como un hongo tóxico. Ya no existen políticas sistemáticas, coherentes, razonadas y debatidas más o menos racionalmente. Uno de sus efectos era la contribución a la legitimación del sistema político democrático. Pero desde hace lustros vivimos a través de las políticas de la excepcionalidad: las que se ponen en marcha para enfrentar con cierta urgencia problemas acuciosos supuestamente sobrevenidos, para atender a los impactos de crisis económicas, energéticas, laborales, sociales, sanitarias, medioambientales, habitacionales. Tiritas, ayudas, subvenciones, exenciones, descuentos, y otras milagrerías administrativas. Son alivios sintomatológicos. No construyamos viviendas públicas, prorroguemos los alquileres. No mejores cualitativamente el empleo, sube el salario mínimo un fisco. No se pueden tocar los problemas estructurales jamás, como no se puede tocar a Dios. Solo dos opciones: susto o muerte.

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