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Solos

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02.03.2026

Archivo - El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (archivo) / Europa Press/Contacto/Bianca Otero - Archivo

El principal engaño para evitar el horror se ha pronunciado, desde luego, cuando las primeras bombas caían sobre Bagdad. Siempre ocurre. El principal alivio es eso que Susan Sarandon, la Simón Weil del sanchismo, llama «el lado correcto de la historia». Porque en la Historia debe existir un lado correcto que imagino que será más fácilmente detectable cuando uno es «alto y guapo». Ah,el lado correcto. The good place. Con lo fácil que es cruzar la calle y poner al resguardo tu ética del aguacero negro del mundo y subirse al bordillo de la Justicia Universal y zapatear de contento. El lado malo es ahora mismo –y como de costumbre – Estados Unidos e Irael que están volcando fuego sobre Irán. No solo han aniquilado al máximo jefe político y religioso del régimen. También los bombardeos han matado a docenas de niños. Son malos, desde luego. Muy malos.

He recordado estos días –me ocurrió lo mismo cuando los yanquis se llevaron a Nueva York a Nicolás Maduro por los aires– el papel de los soviéticos en la II Guerta Mundial y la derrotar del nazismo. Aunque el cine hollywodiense ha conseguido la victoria sobre los ejércitos del III Reich a los norteamericanos, los británicos y los pocos miles de franceses de la Resistencia, lo cierto es que quienes acabaron con Hitler fueron los soviéticos. Por cada estadounidense muerto en Europa fallecieron más de 50 soviéticos en combate. Fue una carnicería espantosa. Pero sin el sacrificio tremebundo de la Unión Soviética se antoja muy cuestionable la rendición alemana. Con seguridad los nazis no hubieran ganado la guerra, pero tal vez no la habrían perdido. Fue una gran hazaña del Ejército Rojo. Pero al mismo tiempo, en el avance hacia Berlín, desde los días finales de 1944 y mayo de 1945, los soldados soviéticos violaron a unas dos millones de alemanas. Dos millones de alemanas, desde niñas de ocho años hasta ancianas de ochenta. Solo en Berlín, durante los últimos dos meses de la guerra –un periodo al que deben sumarse algunas semanas después de la rendición de los alemanes– las estimaciones más verosímiles calcula una cifra de entre 95.000 y 130.000 victimas de violaciones, con unas 10.000 muertes asociadas, debidas a infecciones, agresiones físicas y suicidios, según documentación de clínicas y hospitales. Por supuesto es imprescindible reconocer que esta violencia sexual masiva que destruyó o neurotizó a cientos de miles de mujeres fie precedida por la que ejercieron los soldados alemanes en territorio soviético durante su brutal pero al cabo fracasada invasión.

¿Estuvo el Ejército Rojo en el lado correcto de la Historia? ¿Lo estuvo Stalin, quien antes de enfrentarse a Hitler fue su aliado y que en los años treinta fulminó como cucarachas a millones de sus compatriotas? No soporto a los misioneros de la acera del lado bueno. No aguanto a los que creen que uno puede escapar de sus contradicciones –que es escapar de tu propia sombra– y levantar sobre la peana de tu amnesia el monigote de una grotesca y cursi superioridad moral. Los bombardeos de Estados Unidos, Israel y sus aliados son actos de un salvajismo miserable. Y la teocracia iraní ha edificado una dictadura feroz altamente institucionalizada que en el transcurso de las décadas ha asesinado a muchos miles de personas e impuesto un código religioso –un chiismo radicalizado–particularmente dañino y doloroso para las mujeres.

Lo peor, sin embargo, no es eso. Lo peor es que desde un punto de vista ético condenar a albos lados tampoco es una posición virtuosa. Lo peor es que cada una de esas partes nos interpela por encima de su propio horror. Lo peor es que no existe el consuelo de tener razón a través de tramposo expediente de quitársela a ambos. Lo peor, con diferencia, es descubrir que estamos solos ante un mal que presume de matices inútiles: invasor e invadido, bombardeo y bombardeado, teocracia hedionda y democracia podrida, mentiras iranies y mentiras occidentales. Lo peor es que estamos solos. Los que, entre dos furias, mueren calcinados, torturados, desangrados. Y nosotros también.

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