Democracia en guerra
Verán, soy de los tibios que piensan que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, debería hacer dos cosas. Primero, presentar una comunicación al Congreso de los Diputados con su análisis de la situación política y militar derivada del gravísimo conflicto en el Oriente Próximo y sus consecuencias para España, junto a una propuesta para definir una posición abierta al mayor consenso parlamentario posible. Y segundo, promover muy activamente en la UE un debate general sobre los objetivos del canalla de Donald Trump y el gobierno israelita a través de la Comisión o la Eurocámara, con vista –como en España -- a unificar posturas.
Como cabría sospechar, Pedro Sánchez no lo ha entendido así. Sorprenden que sean pocos lo que se sorprendan por las intervenciones que el presidente español ha decidido realizar: comparecencias sin preguntas de periodistas y, lo que es más preocupante, un discurso dualista y binario, vacío de cualquier análisis militar o diplomático, agudamente carente de una exposición racional sobre las raíces del conflicto y sus consecuencias para las potencias activas y las pasivas. Por lo general las intervenciones de Sánchez caben en un cucurucho de moralismo. No parte de un análisis necesariamente complejo para luego comprometerse éticamente: se limita a ofrecer una respuesta emocionalmente compartible aliñada con moralidad de la buena, de los buenos. En realidad siempre lo hace así. Recuerden lo de la carta a la ciudadanía, parece que hace ya media eternidad, donde sustituyó cualquier diagnóstico político, cualquier explicación mínimamente solvente sobre los motivos del escándalo, con la declaración de que estaba enamorado de su mujer. Y ya lo dijo Ali MacGraw en Love Story: «Estar enamorado significa no decir nunca lo siento». Pues eso. En esta ocasión Sánchez se retrata como cruzado de la paz y tiene otra frase terminante para acotar una política exterior: «No a la guerra». Imagino que a mucha gente le parecerá admirable. Aquí, entre los tibios, creemos que todo depende del contexto. Neville Chamberlaine llegó de la Conferencia de Munich agitando un papelito y diciendo más o menos lo mismo. No es un análisis ni una propuesta, sino meramente un eslogan, y desde un punto de vista propagandístico enlaza con las protestas ciudadanas contra le guerra de Irak. Sánchez, en sus cejijuntas monsergas, busca el hilo de una ejemplaridad que no creo que le gustara demasiado a Javier Gomá. El líder socialista no ha demostrado ejemplaridad alguna en su ya largo gobierno; pues bien, ya que no en la gestión de los asuntos públicos, si quiere conseguirla denostando la guerra en tres o cuatro folios bien leídos. Como si alguien anhelara la guerra en Europa, aunque tantos la disculpen. Les juro que le encontrado en las redes sociales una soflama según la cual «Pedro Sánchez es el héroe de nuestro tiempo». Yo recuerdo a mis clásicos: «Héroe es quien logra ejemplificar con su acción la virtud como fuerza y excelencia». No veo como puede encajar en la definición de Fernando Savater el apasionado marido de Begoña Gómez.
La complejidad: esa es la fiera corrupia frente a la que huye la prosodia abaritonada de Pedro Sánchez. Por supuesto, nada de bombardear Teherán. Pero si un socio de la UE como Chipre es atacado por Irán, ¿no debe prestársele apoyo y ayuda militar y logística si llega el caso? ¿Y si la teocracia iraní ataca otro punto de Europa, en Grecia, en Italia, en Francia? España tiene suscritos compromisos políticos, militares y diplomáticos con su entorno europeo que (ejemplarmente) debe cumplir. Y cualquiera de estos cumplimientos – el mismo respaldo a Chipre, por ejemplo – sería registrado por Irán como un acto, como mínimo, inamistoso, o quizás como una acción de guerra. Proclamarse bueno no significa ser bonito para todos ni barato para tus propios conciudadanos. Y ante todo se levanta una exigencia democrática elemental: la de debatir sobre nuestro futuro en esta hora crucial, sórdida y harto peligrosa. No se puede consentir que el parlamento sea enmudecido, que no se delibere ampliamente, que no se intercambien y analicen razones, opciones, consecuencias y riesgos. Esto no es un partido de fútbol, ni un choque de hinchadas. Es la guerra que aplasta, incendia y aniquila toda la pobre inocencia de la gente, y la guerra no se gana ni se detiene con una ristra de palabras hipnóticas, empáticas y campanudas para que las emita el telediario de las dos de la tarde. Ni ahora ni nunca.
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