La Pasión en la devoción ilustrada: la pintura de Antonio Rafael Mengs
La Pasión en la devoción ilustrada: la pintura de Antonio Rafael Mengs.
Desde el 25 de noviembre y hasta el 1 de marzo pasados, pudo verse en el Museo del Prado la exposición, patrocinada por la Fundación BBVA, "Antonio Raphael Mengs (1728-1779)". Para los profanos Mengs fue un pintor que ha pasado a la posteridad como el "responsable en gran medida de sentar las bases de ese movimiento artístico que con el tiempo ha venido en llamarse Neoclasicismo". Predestinado a ser artista, su padre, pintor en la corte de Dresde, con el que se formó, quiso que llevase los nombres de Antonio y Rafael, por los maestros a los que admiraba: Antonio Allegri (Correggio) y Raffaello Sanzio. Se inició como pintor también en la corte electoral de Sajonia, para más tarde pasar a la pontificia, donde estudió el arte de la Antigüedad y del Renacimiento. En Roma pintó retratos del papa Clemente XIII, del cardenal Zelada, de eruditos, artistas y viajeros, participando, por encargo del cardenal Alessandro Albani, en la decoración de una de las bóvedas de su lujosa villa romana (hoy Galería Albani-Torlonia) con un trasunto de la mitología griega: "El Parnaso", fresco del que se ha dicho es quizás "el más importante manifiesto pictórico del incipiente estilo neoclásico". Aquí, conoce y se hace amigo del historiador y arqueólogo Johann Joachim Winckelmann, a la sazón bibliotecario y conservador de las colecciones artísticas del cardenal, que habría de ser el referente teórico de su pintura. Poco después, entra al servicio de Carlos III, alternando su presencia en la corte madrileña con estancias en Italia. Pintor cosmopolita, su arte acusa influencias de los ya citados Correggio y Rafael, además de otros como Guido Reni o Diego Velázquez; a su vez su pintura influye, de diferente manera, en artistas posteriores: Antonio Canova, Jacques-Louis David y Francisco de Goya. Destacado defensor del concepto de "belleza ideal", su arte sublima el de los grandes maestros del Renacimiento de los que admira el dibujo y la expresión (Rafael), la gracia y el claroscuro (Correggio) y el color (Tiziano).
Durante su estancia en la corte española, Mengs dejó gran parte de su obra en el recién terminado Palacio Real de Madrid, para el que pintó tres grandes frescos, que decoraron las bóvedas de otros tantos escenarios de la vida doméstica del rey, con alegorías de la Antigüedad: "La Apoteosis de Hércules", en donde los trabajos del rey católico (reformas) se comparan con los del héroe clásico; "La Aurora", obra de madurez, sutileza y perfección, que concluiría en 1774, y "La Apoteosis de Trajano", en el que asimismo establece un paralelismo entre el emperador hispano y el rey católico, el nuevo Trajano que gobierna las Españas. En estos frescos, dictados también por la filosofía de Wincklemann, Mengs se midió y compitió con sus contemporáneos Giaquinto y Tiépolo, que trabajaron también en la decoración palaciega.
Pero, para nuestro propósito, reparamos en la decoración del dormitorio de Carlos III, primer monarca que habitó el palacio madrileño, donde murió un 14 de diciembre de 1788. La decoración de este cuarto, realizada en estrecha colaboración con el arquitecto Sabatini y otros artistas, sin embargo, habría de seguir otros derroteros más conservadores, sujetándose el programa iconográfico, por expreso deseo del monarca, a asuntos exclusivamente religiosos, en coherencia con la imagen beatífica del pío, viudo y casto rey. Concebida como un todo, en el que armonizan decoración mural, mobiliario y tapicerías, estaba concluida en 1773-74. El conjunto resultante se caracterizaba por su riqueza, al estar todo trabajado con oficio y materiales suntuosos (mármoles, caoba, bronces). Sobresale aquí el dramático discurso pasionista de las pinturas que colgaban de sus muros, compuesto a modo de retablo, como si se tratase de una capilla, que incluía dos grandes tablas: "La Lamentación de Cristo muerto" y "El Padre Eterno", y en las sobrepuertas cuatro lienzos complementarios, "La oración en el huerto", "La flagelación", "La caída en el camino del Calvario" y el "Noli me tángere"; conjunto que el monarca podía ver desde la cama. La Lamentación fue ponderada por Jovellanos que reparó en la delicadeza y conmovedora contemplación con que el artista expresó los tormentos de Cristo. En el caso de "La caída en el camino del Calvario", ni que decir tiene, que recuerda y mucho al "Pasmo de Sicilia", de Rafael, tanto en la composición como en la expresión de los personajes, incluso las tablas tienen medidas similares.
Junto a estos grandes cuadros, adornaban el dormitorio real otros colocados a nivel de la vista: un pequeño cobre que representaba a "San Juan en el desierto", una tablita de una "Magdalena penitente", ambas pertenecientes hoy a la colección Wellington, conservadas, al igual que un "San Antonio de Padua", en el Apsley House de Londres (regaladas al duque por Fernando VII) y, junto a la cama, la "Inmaculada Concepción", especial objeto de la devoción regia, que su madre, Isabel de Farnesio, inculcó a sus hijos. Esta devoción llevó al rey, a declararla patrona universal de los reinos de España, quedando también bajo su patrocinio la Real y Distinguida Orden que llevaba su nombre, instituida el 24 de octubre de 1771, con motivo del nacimiento del primogénito de su hijo, el infante Carlos Clemente. La Purísima, que, durante el reinado de su sucesor, Carlos IV, pasó a presidir el oratorio privado del rey, formó parte del botín que los franceses sacaron durante la Guerra de la Independencia, y todavía ha podido recuperarse hace unos años. Estas pinturas, que como se dijo, ocuparon un lugar preferente en la piedad del monarca, acompañaban al rey en sus jornadas, por los palacios reales, y sustituyeron a un "Ecce Homo" y una "Dolorosa". En el dormitorio real había también algunas reliquias, y las tapicerías, que se colocaban a propósito en invierno, estaban decoradas con emblemas de las cuatro virtudes cardinales y las estaciones del año. Desde el punto de vista artístico el resultado supone una vuelta al clasicismo barroco, a la estética de su abuelo el Rey Sol (Luis XIV), si bien depurado y atemperado de exuberancias ornamentales, y en opinión de José Luis Sancho Gaspar, estudioso de la pintura de Mengs, a quien en parte sigo, el dormitorio del "Rey alcalde", constituye un precoz conjunto de calidad que "expresaba las complejidades y contradicciones que comportaba la concepción integral de una sala neoclásica".
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