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Mujeres en mono azul, orgullo de clase

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21.03.2026

Instalaciones petrolíferas en Irán / Agencias

No tengo vida, por eso celebro que los demás la tengan. Por eso cuido y respeto el derecho de los demás a tenerla y nunca llamo ni dejo un mensaje pasadas las diez de la noche. Tampoco se me ocurre llamar o dejar un mensaje en fin de semana o durante los días de guardar.

Soy una estajanovista feliz, fiel seguidora del sistema de producción de los kibutz israelíes. En mi mundo ideal no hay lugar para empresas ni mega ni mini, tampoco familiares, sólo kibutz. Kibutz agrícolas, tecnológicos e industriales. Además de por supuesto, kibutz de castigo.

Unos kibutz de castigo, no prisiones ni campos de reeducación, en los que esos amiguitos del dulce far niente, de las inversiones en bolsa, del tiempo de los poetas y de las subvenciones por no hacer nada tendrían de ganarse el pan con el sudor de su frente como cualquier hijo de vecino.

Un sistema de kibutz, en el que siga primando el trabajo agotador y sacrificado, bajo la máxima marxista de contribuir cada cual según sus capacidades físicas y mentales y recibir en función de sus necesidades, junto a las necesarias labores autodefensivas y de asamblea comunitaria en la que decidir entre todos el rumbo a seguir.

Del modo de vida de los kibutz me gusta todo, salvo la fiesta. Eso de que me obliguen al cante y baile después de otra agotadora jornada de faena no lo llevo nada bien. Y es que me como fiel seguidora del pensamiento de la anarquista Emma Goldman, confieso que me repatea sólo cuando dice eso de que "si no se puede bailar, no es mi........

© La Opinión de Zamora