El eclipse del eclipse
El eclipse del pasado 12 de agosto. / LORENA SOPENA
Ya pasó por fin el eclipse, ya se eclipsó, ya sucedió el eclipse del eclipse. En una conversación con una gran amiga esta tarde noche, una de esas personas cargadas de extraordinario y señorial ingenio, desmigamos el fenómeno solar como admirable fenómeno natural al que se ha cargado de una importancia en los medios que no lo es tanto, en un sostenido monólogo unitema con la que está cayendo [SIC] «niño, tú entretente y asín no pienza», dictaba mi chacha Mariquilla... Y así, no piensas. El jugoso diálogo nos llevó a pasar de la antropología a la filosofía y de la política a la religión en una prosa digna de un café decimonónico de cualquier capital europea, prosa desgraciadamente extinta, y uso parte de sus argumentos y reflexiones y añado otro tanto de los míos con el estupor que a ambos nos causa ver lo que ven, porque les dicen que lo vean, a través de un plástico Made in China con dudosa seguridad.
Históricamente, desde los primeros homínidos, el individuo necesita tener algo o alguien en quien creer, léase al antropólogo Desmond Morris [El mono desnudo]. Las pinturas rupestres pueden entenderse, entre otras interpretaciones, como conjuros, peticiones dirigidas a un ente superior para asegurar la supervivencia. Los astros, la naturaleza, los dioses: aquello que estaba más allá del individuo y que, de algún modo, daba sentido a una existencia llena de incertidumbre.
El ser humano parece tener una necesidad difícil de extirpar: creer en algo que lo trascienda.
Los políticos han alejado al hombre de Dios, pero, sin Dios, esa necesidad no desaparece. Simplemente busca sustitutos. Y así, cegatos por no decir ciegos selectivos, muchos van detrás del primer tuerto que pasa, convirtiéndolo en guía, salvador o referente.
Los sustitutos son pobres, pero poderosos: Nuevas religiones como el fútbol, las adicciones, las redes sociales, las compras compulsivas, la necesidad de aparentar, de trepar, de pertenecer,........
