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Camino de la barbarie

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07.03.2026

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez saluda al presidente de Estados Unidos, Donald Trump / Borja Puig de la Bellacasa

Otra vez estas cuatro palabras: No a la guerra. Otra vez el pueblo clamando contra sus líderes. ¿Estamos avanzando o retrocediendo? ¿Estamos caminando en la buena dirección o estamos dirigiéndonos a marchas forzadas al abismo? No hay nada más estúpido que lanzarse con la mayor eficacia en la dirección equivocada. Pues bien, creo que estamos avanzando de forma acelerada hacia la barbarie. Hace más de veinte años, el trío de las Azores nos llevó a una guerra terrible en Irak desoyendo el clamor contra la guerra que se produjo en el mundo y utilizando mentiras de un tamaño descomunal. No puedo olvidar el aplomo con el que el señor Aznar aseguraba que en Irak había armas de destrucción masiva como si estuviera proclamando un dogma. Nada, que no aprendemos.

Hoy, saltándose el derecho internacional, Estados Unidos e Israel, han decidido bombardear Irán, han declarado la guerra de forma unilateral contra un país soberano. ¿Para qué está el Consejo de Seguridad de la ONU? ¿Para qué está el derecho internacional? Esto es la selva. Esto es la guerra. Esto es la barbarie. El más fuerte decide lanzar bombas, hundir barcos, llenar de drones… El más poderoso puede matar, destruir y aterrorizar. No es de recibo argumentar que se van a proteger los derechos de los ciudadanos y de las ciudadanas iraníes. ¿Y el derecho a la vida de los que han muerto, de los que han sido heridos, de los que han perdido sus casas, de los que van a quedar marcados psicológicamente para siempre?

Y a quien se opone a esta decisión, el matón de la Casa Blanca le amenaza con represalias, embargos, subida de aranceles y cortes de relaciones comerciales… Lo dicho: la ley de la selva. El más fuerte puede someter impunemente al más débil. Puede exigir vasallaje.

Netanyahu alardea de haber empujado a Trump a la guerra y Trump de que ha sido él quien ha tomado la iniciativa y ha arrastrado al presidente israelí. No podemos olvidar que el genocida de Israel entregó al carnicero de Irán en su visita a la Casa Blanca un documento en el que le proponía como candidato para el premio Nobel de la Paz. Estamos ante una burla de dimensiones planetarias.

Se sabe cuándo comienza una guerra pero no cuándo termina. Ya se ve lo que está pasando en Ucrania. Más de cuatro años de guerra, de muertos, de destrucción y de horror. ¿Cuánto durará la guerra que ha comenzado en Irán?

El gobierno español ha dicho ‘no a la guerra’. Y la señora Ayuso ha hecho el ridículo una vez más afeando al presidente su postura diciendo que él promueve la guerra entre españoles. Hay que ser simple, retorcida y mala persona para justificar una guerra tan injusta como cruel. Mueren las personas a cientos, se siembra la destrucción y el terror. Y ella se pone del lado de los que declaran la guerra y amenazan y castigan a su país por oponerse a ella. Qué patriota de pacotilla.

Dice el señor Feijóo que están antes los derechos humanos que el derecho internacional. ¿Sí? Y ¿para qué existe el derecho internacional, señor Feijóo, si no es para defender los derechos humanos? Si cuando alguien quebranta los derechos puede cualquier potencia machacar al infractor por la fuerza, hemos entrado en la ley de la selva. Ahora, ¿quién detiene y castiga al que ha quebrantado el derecho internacional?

El presidente Aznar dice que España no está donde debe estar. Y lo dice él que nos llevó a una guerra con mentiras. No, señor Aznar, España está del lado de la justicia y de la razón.

No se puede defender la guerra de Irán diciendo que la guerra de Irán es una buena noticia para el feminismo. Una guerra que comienza con el bombardeo de una escuela femenina en la que mueren 160 niñas. Pienso muchas veces en las alumnas de esta escuela. Me las imagino despertándose ese día para ir a la escuela. Me las imagino desayunando con prisa para llegar puntualmente a las aulas. Me las imagino saliendo de sus casas esa mañana con sus libros y cuadernos, ilusionadas por encontrarse con sus amigas y con sus maestras. Me las imagino luego entre el ruido, el humo y el encuentro con la muerte. Me imagino sus cadáveres esparcidos por aulas, patios y pasillos. Y me imagino a sus padres y madres buscando entre los escombros, con los ojos anegados en lágrimas, el cadáver de su niña.

Rechazar la guerra no significa aplaudir o apoyar un régimen autoritario, no significa justificar la discriminación de las mujeres o la persecución de los homosexuales. No olvidemos que las guerras que se han desencadenado para atacar a regímenes dictatoriales nunca han asegurado el establecimiento de democracias robustas. No basta decir que el fin no justifica los medios. Hay que añadir que no se suelen alcanzar los fines que se dice perseguir. Hay otros fines que se callan y que siempre se alcanzan, por ejemplo, alimentar el negocio armamentístico y asegurar el botín que se llevan los invasores.

La Unión Europea está renunciando en muchas situaciones a su tradicional defensa de los valores democráticos. Y en este caso no habla con la suficiente contundencia. Está practicando, dice Juan Torres, «un suicidio moral».

El señor Trump critica a España por ser un mal aliado. Lo dice quien pretende tomar por las buenas o por las malas un territorio de un aliado europeo, como es Dinamarca, quien impone aranceles caprichosos a quienes son sus aliados.

Mañana, 8 de marzo, se conmemora el Día Internacional de la Mujer para recordar la lucha histórica de las mujeres por la igualdad de derechos, mejores condiciones laborales y participación política.

Traigo a colación esta fecha por dos motivos. El primero es denunciar la situación de las mujeres iraníes, sometidas a un régimen machista despreciable. Condenar la guerra no significa respaldar un gobierno despótico, profundamente androcéntrico.

El uso del hiyab es obligatorio para mujeres y niñas en espacios públicos. ¿Por qué? ¿Por qué no lo llevan los hombres? ¿Por qué no se les considera iguales? Para el control de las mujeres el Estado utiliza una policía moral, cámaras, drones y reconocimiento facial para detectar a las que no lo llevan correctamente. Si la mujer incumple las normas puede recibir multas, ser detenida o recibir penas judiciales.

Existe también una intolerable desigualdad legal. Las mujeres tienen menos derechos que los hombres. Por ejemplo, en herencias reciben menos que los varones, en testimonios judiciales el valor de sus declaraciones es menor, en los divorcios y custodia de los hijos el sistema favorece a los hombres.

También existen restricciones sociales, como la de cantar en público o participar en actividades culturales. Con un gravísimo añadido: las mujeres que protestan por esta clamorosa discriminación sufren arrestos domiciliarios, juicios injustos, azotes, prisión e, incluso, condenas a muerte. Condenas que han aumentado en los últimos años de forma significativa.

La segunda tiene que ver con un hecho incontestable: los grandes dictadores del mundo han sido hombres: Adolf Hitler, Francisco Franco, António de Oliveira Salazar, Benito Mussolini, Joseph Stalin, Saddam Hussein, Fidel Castro, Augusto Pinochet, Jorge Rafael Videla, Rafael Trujillo, Anastasio Somoza, Mao Zedong, Nicolás Maduro, Kim II-sung, Alí Jamenei… Ni una sola mujer. También son hombres los dos gobernantes que ahora nos han metido en esta guerra. Benjamín Netanyahu y Donald Trump. Y también es hombre Vladimir Putin que pretende anexionarse a Ucrania con una montaña de muertos y un mar de lágrimas.

¿Cuándo vamos a tener a más mujeres en el poder? Estoy seguro de que el mundo no sería el mismo. La forma de gobernar de las mujeres evitaría muchos conflictos y, cuando se presentasen, serían afrontados de manera diferente, con más habilidad, con más sensibilidad, con más flexibilidad, con más diálogo, con mejor manejo de la negociación. En definitiva, con menos testosterona.

Cuando niños y niñas se han escolarizado en igualdad de condiciones se ha comprobado que, en todos los lugares, las niñas han tenido mejores resultados. ¿Por qué después no aparecen igualmente en la política, en la empresa, en el ejército, en la academia, en la economía…? Pues porque se las traga la falla del sexismo. Por eso, cuando se dice, hablando de las cuotas, que si hay una mujer en el gobierno, debe ser porque vale y no por ser mujer, pienso que la inquietud debería formularse respecto a los hombres: si hay un hombre en el gobierno debería ser por lo que vale y no por ser hombre.

Termino expresando una inquietud que me desvela: Si los grandes triunfadores del sistema educativo, que son los que gobiernan los pueblos, en su mayoría hombres, tienen estos comportamientos tan insensibles, injustos, crueles y miserables, ¿por qué hablamos de éxito del sistema educativo?


© La Opinión de Málaga