Pobre mío
Antonio Tejero, pistola en mano en el Congreso durante el 23F.
Y se desvelaron por fin los papeles, las sombras, los supuestos secretos que finalmente vinieron a confirmar que lo que sabíamos es lo que fue, solo hemos ampliado detalles, pero lo importante está siempre en los detalles. Y hablamos de nuevo del intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, de Tejero, Milans, Armada, toda esa caterva de salva patrias dispuestos a ponernos otra vez la bota en el cuello por otros cuarenta años, todo ese lenguaje cuartelero, chusquero, inflamado de patria, de vivaspañas, de extraños conceptos del honor, ese lenguaje que hacía tiempo no resonaba y que de pronto vuelve como un fantasma familiar, el recuerdo de aquella tarde en la mesa camilla del pisito de mis padres, estudiando para un examen de matemáticas y oyendo la radio (siempre la radio conmigo y yo con ella), quince años sin cumplir todavía y el miedo, la angustia (éramos de esos que se llamaban ‘señalados’), la inquietud de qué pasaría, de qué nos pasaría.
Repaso por encima los documentos que se van conociendo y me detengo en las conversaciones telefónicas de Carmen Díez, la esposa de Tejero, esa mujer desesperada que dice «yo lo que quiero es hablar con él por teléfono», que se da cuenta de que su marido ha sido traicionado, que se duele de él: «Me lo han dejao tirao como una colilla. Me lo han dejao solo, me lo han engañao como un desgraciao. Qué tonto el pobre mío». Probablemente esta mujer, que compartía ideas y fanatismo con su marido, justificaba el golpe, el regreso de la dictadura, y probablemente hubiera visto como algo necesario y natural unas cuantas purgas, unos cuantos paseos, ya se sabe, volver a lo que tan bien se les daba. Pero aún así, a mí me produce una cierta ternura ese «pobre mío», el mismo «pobre mío» que diría cualquier madre, cualquier mujer, ante el mal de los suyos. En una conversación con su hijo dice, finalmente: «Pídele a Dios que la cosa termine normal, es lo único que me da miedo». Mientras Carmen Díez temía por la vida de su esposo, miles de personas temían por la de sus padres, sus parejas, sus hermanos, sus amigos.
«Nada humano me es ajeno», dijo Publico Terencio Africano, nacido esclavo y liberto más tarde por el éxito de sus obras de teatro. Ha pasado unos 2.200 años desde esa frase y sigue vigente. Y ahí está la clave, esa es la cuestión. Si eres capaz de ver el dolor del otro acaso te des cuenta de que es el mismo que el tuyo, de que todos somos iguales, de que el otro siente exactamente como sientes tú. Que todos decimos «pobre mío» alguna vez pensando en alguien. Conviene no olvidarlo.
