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Vivencias sin mermelada

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15.03.2026

Muere el periodista Raúl del Pozo, un referente de la crónica del poder político

Lunes. Hay gente a la que le tocó vivir en una época en la que cada día abrían un videoclub, gente que vivió la burbuja de las gintonerías, gente que vio nacer y morir los Todo a cien. Y luego estoy yo, que no paro de constatar aperturas de tiendas de tartas de queso. Otra en el barrio. Otra más en el centro de la ciudad. Imagino a toda la humanidad desayunando, merendando y cenando de postre tarta de queso. La mía, por favor, sin mermelada ni nada parecido por encima. Es una cruzada personal. Como esa del gran crítico Carlos Maribona contra la manía de no poner manteles que tienen no pocos restaurantes. Hay quien llama manías a las buenas costumbres y a la afición a que se repitan y no se pierdan. Ceno escarola.

Instalación de las esculturas gigantes de Venus y Neptuno en la entrada al Puerto de Málaga. / L. O.

Martes. Ha muerto Raúl del Pozo. Siempre lo leí con devoción. Sus textos destilaban buenas lecturas clásicas, pero también el nervio de la calle, la prosa de reportero. Fue un grandísimo columnista. La prensa ha sido estos días un festín con textos a propósito de él. Del Pozo era generoso, juerguista, leído, jugador, golfo. No lo conocí en persona. Casi. Un azar del destino: hace un tiempo, Txema Martín, gestor cultural, columnista, me propuso, enmarcado en un ciclo del Centro Cultural La Malagueta, una conversación, un diálogo, con un periodista. Convinimos en que el ideal era Raúl del Pozo. Pero del Pozo dijo que estaba un poco pachucho para viajar. A veces uno tiene nostalgia de lo no vivido como si, a fuer de imaginarlo, lo hubiera vivido. Cómo habría sido esa conversación, ¿habría ido mucha gente? ¿Habría estado (yo, él por supuesto) a la altura? Y, claro, cómo habría sido la posterior cena en El Refectorium. Cómo comería Del Pozo los boquerones, qué anécdotas contaría, bebería whisky, pediría que lo lleváramos a un casino, ¿nos hablaría de Vicent, de José María García, de Reverte, del diario Pueblo? Por ahí en algunas de las pilas caóticas de libros en el salón tengo, pendientes para repasar un poco, la biografía que le hicieron Jesús Úbeda y Julio Valdeón ‘No le des más whisky a la perrita’ y el libro sobre el diario Pueblo ‘Nido de piratas’ de Úbeda. Creo que leí a Raúl del Pozo en todas las condiciones posibles: tras una farra estudiantil en Madrid comprando El independiente a las seis de la mañana en un Vips (en la última página, Cela y Del Pozo); en la playa, en casa, en un tren o avión. En la cama. «Va listo Pedro J. si se cree que me ha fichado para sepultarme por ahí en la página tal y tal», dijo en su primer artículo en El Mundo, casi superando a aquello de Soy Camba, con el que debutó, o volvió, Julio Camba al ABC. Se han escrito tantas joyas sobre Raúl del Pozo -en España enterramos muy bien- que habría que instaurar un premio de artículos necrológicos sobre Del Pozo.

Miércoles. Han instalado unas estatuas en el puerto y se ha montado un debate ciudadano (eufemismo de follón) monumental. Nunca mejor dicho. Solo estarán seis meses. Azuzado por el ímpetu reporteril me voy a ver el montaje y a recoger improvisados testimonios. Y agudizo la oreja: «El Neptuno es un poco cabezón». «Venus está muy bien pero de lejos». «No sé a quién molesta esto». «Verás tú esto con la gente haciéndose selfies». Yo creí que iban a ser más feas. La temporalidad es importante: no van a estar ahí para siempre.

Jueves. Sigo sin verle ventajas a ponerse nervioso.

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Viernes. Charlo con Luz Gabás, una de las escritoras más leídas de este país. Es simpática y amena y ha venido a hablar del héroe malagueño de la independencia de Estados Unidos Bernardo de Gálvez en unas jornadas organizadas por el periodista Paco Reyero. Hay mucha gente, la cosa resulta un éxito. Las charlas son en el salón de actos de la Aduana, cuarta planta, algo recóndito pero amplio y cómodo. Donde dice la leyenda que aún está el fantasma de algún gobernador civil, allí vivían, en ese imponente edificio ahora museo, que también alberga un restaurante con estrella Michelin. Medito sobre el lema de Gálvez arremetiendo contra los ingleses: «Yo solo». Me recuerda a aquello tan célebre de Belauste a su compañero Sabino Bilbao durante los Juegos de Amberes 1920: «A mí, Sabino, el pelotón, que los arrollo». Y marcó contra los suecos.


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