Que hablen de uno, aunque sea bien
Estados Unidos, el último país con el que España estuvo oficialmente en guerra allá por el año 1898, acaba de declararle hostilidades comerciales al gobierno de Pedro Sánchez. Para ser exactos, la amenaza procede del presidente Donald Trump, famoso por su verborrea y más aún por afirmar una cosa y la contraria sin despeinarse. Pero el caso es que ha definido a España como un «aliado terrible» y lo ha dicho bajo su condición de emperador del mundo. Caray.
El casus belli no ha sido en esta ocasión el hundimiento del Maine, sino la más modesta negativa del Gobierno español a permitir el empleo de las bases militares que USA tiene aquí en el ataque a Irán. Unas bases que el general Franco regaló en su día a cambio de que los norteamericanos legitimasen su dictadura.
Sería injusto olvidar que, antes de eso, América hizo lo posible para aislar al régimen franquista que tan buenas migas había hecho con los nazis. Apoyó durante años el veto a la entrada de España en las Naciones Unidas, con gran irritación de los falangistas que coreaban: «Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos» en las manifestaciones testiculares de la Plaza de Oriente.
Lo único que los republicanos españoles echaron de menos entonces fue que las tropas aliadas no liberasen también a España de los ayatolas franquistas. Con la llegada de la Guerra Fría, se conoce que no estaban ya para más desembarcos como el de Normandía en la Europa ocupada por el fascismo.
Quizá eso sea un agravio comparativo. A fin de cuentas, el régimen iraní al que ahora bombardean los americanos no difiere gran cosa de lo que fue la España del nacional-catolicismo.
Obsérvese que en la vieja Persia gobiernan los curas, apoyándose en los militares de la Guardia Islámica. Y allá, como otrora acá, las mujeres son víctimas de creencias medievales, los gais son delincuentes sujetos a persecución y se encarcela a los chavales, da igual el sexo, por echarse un baile pecaminoso en la verbena. Si es que las hay en tan lúgubre país.
Tampoco parece probable que se organicen ahora manifestaciones como las que convocaba el Caudillo contra los pérfidos yanquis, cuando aún eran masones al servicio de la conspiración judaica internacional. Después de lo de las bases, dejaron de ser un país terrible para convertirse en aliados como Dios manda; y a lo sumo habrá protestas de la ultraizquierda contra los sionistas, antes llamados judíos.
En la parte que toca a Sánchez, el presidente no debiera preocuparse por las amenazas del emperador. Lo que importa es que hablen de uno, aunque sea bien; y eso ya lo ha conseguido al desmarcarse de sus socios europeos. Trump acaba de regalarle los quince minutos de gloria a los que todo humano tiene derecho y, como ya está mayor, de aquí a dos días se habrá olvidado de sus bravuconadas.
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