Qué raros son estos alemanes
Con el mismo sentido práctico que los llevó a liderar la economía de Europa, los alemanes aceptan desde hace años que los gobierne un pacto entre izquierda y derecha bautizado allí como Grosse Koalition. Fue lo habitual durante el largo mandato de Ángela Merkel y lo sigue siendo ahora en el gobierno de Friedrich Merz que reúne a ministros conservadores y socialdemócratas.
Podría parecer que una fórmula así impugna el tradicional bipartidismo, pero qué va. Más bien tiende a preservarlo de la amenaza de los extremistas de derecha que en Alemania echan de menos a Adolfo y ya superaron a los socialdemócratas en las últimas elecciones.
No hay sitio para una alianza de este cariz en España, país donde el bipartidismo empezó a quebrar hace ahora diez años. Nadie quiere oír hablar siquiera de ella, tal vez porque tenga bastante lógica y de esta última no gastan mucho por aquí los líderes políticos ni aun sus votantes.
De lo contrario, ya habrían caído en la cuenta de que el PP y el PSOE tienen más rasgos en común entre ellos que con sus aliados minoritarios por los que se dejan parasitar.
Al igual que sucede con la CDU y el SPD en Alemania, los conservadores y los socialdemócratas se parecen también en España mucho más de lo que ellos mismos quisieran reconocer. Los dos son —o eran— partidos de orden que coinciden en la defensa de la democracia, el Estado del Bienestar, el europeísmo y hasta la OTAN.
Quienes han visto con más claridad estas similitudes son, curiosamente, los partidos de minorías que los someten a chantaje. Tanto Podemos en su día como ahora Vox se refieren al PP y al PSOE con el término denigratorio de PPPSOE, para dar a entender que en el fondo son lo mismo. No como ellos, que aspiran a reventar el sistema bipartidista habitual en las democracias con mayor pedigrí.
Por alguna extraña sinrazón, el centroizquierda y el centroderecha prefieren aliarse con los —por ahora— pequeños partidos antisistema, aunque lo hagan con la nariz tapada.
El socialdemócrata Sánchez, por ejemplo, declaró que no dormiría tranquilo si tuviera que asociarse con Podemos, justo antes de meter a Iglesias —y luego a Díaz— en su gobierno. Tampoco el conservador Feijóo pudo resistirse a las alianzas con Vox en varios reinos autónomos, pese a su imagen, ya desleída, de político ponderado.
Poco importa que los chinos hayan sabido casar el capitalismo y el comunismo con la mayor de las solturas; o que incluso en España cueste un mundo distinguir entre la gestión de un socialdemócrata liberal de izquierdas y la de un liberal conservador de derechas.
PP y PSOE entienden la política como un trasunto del Madrid-Barça que hace imposible para sus aficiones un gobierno común de los dos. Los alemanes lo forman sin problemas, pero es que son gente muy rara. Y aún los tachamos de cuadriculados.
