Una defensa del insulto, la ofensa, y el exabrupto
Hace un par de días, mientras me dirigía a la cafetería del tren, choqué con una señora demasiado ancha que llevaba unos tacones demasiado estrechos. Su tacón se clavó en mi pie con violencia y, en medio del silencio del vagón, surgió mi exabrupto con fuerza atronadora. El taco espontáneo es natural y beneficioso para la salud. Estoy convencido de que, de habérmelo guardado, me habría dolido mucho más, y lo que es peor: la señora no habría excarcelado su tacón de mi dedo meñique.
El exabrupto es espontáneo, divertido, útil y relajante. Es posible que sea un poco grosero, pero supongo que también la grosería cumple una función social. El taco que expulsamos ante un pisotón sale directamente del punto de dolor a los labios, sin pasar por el cerebro. Eso lo vuelve simpático e inofensivo. Difícilmente podría resultar molesto.
Mención aparte merece el insulto. Puede ser grosero o no. Todo depende del talento del emisor. Porque, a fin de cuentas, el insulto requiere cierta inteligencia. Sé que........
