Reformismo o radicalismo: lo que nos enseña la historia de los derechos
Nos han contado una historia anestesiada. Nos han hecho creer que los derechos de los que hoy disfrutamos (la jornada de ocho horas, el voto, el derecho a una vivienda o a un salario mínimo) son el resultado de un proceso de maduración natural de las Instituciones, una suerte de evolución biológica hacia la bondad. Es mentira. Ningún derecho nació en un despacho ni fue cedido por la cortesía del Poder. Cada libertad fue, en su momento, una «indecencia» radical. En su sentido etimológico, lo radical es aquello que va a la raíz (radix); históricamente, es aquello que rompe el consenso de «lo aceptable» para forzar una realidad nueva. Mientras el reformismo se dedica a decorar el inmovilismo, la lucha radical es la que mueve las manecillas de la Historia.
Esta subversión del orden establecido comenzó por lo más básico: la propiedad sobre el propio tiempo y el propio cuerpo. La relación entre Capital y Trabajo no se suavizó por ética empresarial, sino por un asalto frontal. Cuando hoy hablamos de la jornada de ocho horas, olvidamos que fue una utopía que costó sangre. Antes de que la huelga de «La Canadiense» dejara Barcelona a oscuras durante 44 días en 1919, el sistema consideraba la reducción de jornada como un suicidio económico. Aquel pulso, que convirtió a España en el primer país europeo en legislar las ocho horas por decreto, bebía directamente de la herencia de los Mártires de Chicago de 1886, anarquistas ejecutados por reclamar exactamente lo mismo. No hubo diálogo fluido, hubo conflicto.
Esa misma radicalidad, táctica y moral, fue la que llevó a las mujeres inmigrantes en Estados Unidos a protagonizar la huelga del «Pan y las Rosas» en 1912, desafiando no solo al patrón, sino a las normas de género que dictaban........
