Conocí a Fidel en la herrería de mi padre
Nací a finales del siglo XX, en los difíciles años del período especial. Tras el derrumbe del campo socialista soviético nos habíamos quedado solos, con las herramientas gastadas de un país que intentaba mantenerse en pie mientras aprendía a caminar sobre los escombros.
En aquella época, cuando muchas cosas comenzaron a faltar, mi padre encontró un oficio al que entregó toda su energía. Con las cabillas que otros usaban para levantar paredes, él hacía herraduras y clavos. El hierro destinado a sostener el concreto terminaba convertido en el mecanismo para alimentar a la familia. Nunca lo escuché quejarse, desear otro oficio, aunque estoy convencido de que en el fondo hubiese querido ser maestro, médico o historiador.
Recuerdo que se levantaba bien temprano y con él despertaba todo el barrio. El martillo daba en el yunque con tal fuerza que parecían campanadas anunciando la lucha de un hombre contra las necesidades de su tiempo.
Aquellos pedazos de hierro moldeado sobre las patas de los caballos eran verdaderas obras de arte. Los animales se impacientaban mientras mi padre contraía sus músculos para inmovilizarlos y ponerles firmes en los cascos las herraduras con las que podrían tirar a toda fuerza su galope contra el terreno empedrado.
Lo recuerdo sudado, con las manos ásperas y negras de........
