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Cartas

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21.03.2026

21 de marzo 2026 - 03:08

Los buenos lectores de periódicos –una especie humana por desgracia más amenazada que el lémur de Madagascar– saben que la mejor sección de un periódico era la de cartas al director. He escrito “era” –con el ominoso tiempo verbal en pasado– porque apenas se ven ya cartas al director en los periódicos. ¿Qué ha sido del amable jubilado que recordaba cada semana al concejal de turno ese bochornoso boquete en la esquina de la calle Tal y Tal? ¿Qué ha sido del hincha infatigable que temporada tras temporada exigía la dimisión inmediata del entrenador del equipo local de fútbol? ¿Qué ha sido del poeta aficionado que enviaba cada 21 de marzo un romancillo evocando la llegada de la primavera? ¿Qué ha sido de aquel viajero que reclamaba una disculpa a la Compañía Marítima de Transportes por haber cancelado la salida del barco? ¿Y qué ha sido de la señora, maestra nacional jubilada, que recriminaba una flagrante falta de ortografía en el editorial del día 3 de marzo de los corrientes? ¿Y qué fue de aquella alma bendita que un año tras otro, en el día del fallecimiento de su hijo, enviaba una carta al periódico recordando la sonrisa de aquel niño que ahora nos sonreía en el cielo? (Esa última carta la leíamos con un nudo en el cuello).

En cada uno de estos redactores de Cartas al director había un personaje de Chéjov esperando que alguien contara su historia. Los lectores sabíamos que tarde o temprano llegaría una nueva entrega con la protesta de la maestra nacional por la falta de ortografía o el grito iracundo del socio 1.358 contra el entrenador, y la esperábamos con la misma impaciencia con que esperábamos las columnas de nuestros autores favoritos. La vida provinciana, que ahora sabemos que es la más grata que existe, no era posible sin esos redactores de cartas que no servían para nada, y uno daba las gracias por tenerlos siempre ahí, agazapados en el cuadrilátero de la página de Opinión, muchas veces al lado de nuestros columnistas más queridos. Pero ahora esos modestos redactores epistolares se dedican a volcar sus obsesiones en Facebook o Instagram, así que los lectores de periódicos los hemos perdido. Ya sé que no hay motivo para quejarse de una cosa así cuando el mundo está coqueteando con una nueva guerra mundial, pero déjenme derramar una lágrima por ellos.

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