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Los carnavales de 1926

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17.02.2026

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Pudieron celebrarse dado el buen tiempo reinante, pero no resultaron muy vistosos. Solo merecieron la pena el concierto que la Tuna Juventud ofreció desde el ... templete de la Plaza Mayor el Domingo, (pues inmediatamente partió para Madrid, en busca de horizontes mercantiles), la caravana ciclista Miñambres con biciclos, bicicletas y triciclos, la especial bicicleta que conducía el gran Duarte y la multitud de niños vestidos con variedad de disfraces.

Destacó en el plano toreril la exhibición del niño Urbano Andrés, montado a caballo, vestido con traje de picador, castoreño y puya incluidos y acompañamiento de «monosabio». También Pepito Morán, hijo de ingeniero, vestido de aviador sobre una minúscula bicicleta y pilotando un estupendo aeroplano.

Tratan de mantener la fiesta de las Carnestolendas, heroica y zarrapastrosamente las «menegildas» presumiendo de señoritas, los chicos con harapos y disfraces absurdos y un grupo de marroquíes de la «kabila» o «harka» de las Peñuelas de san Blas, con turbantes y chilabas de modelo desconocido, que buscaban hasta el paseo de Torres Villarroel el carnaval que no encontraban de los tiempos del inefable confitero Pepe Castaño.

Fue objeto de comentarios un «pollo bien», para la gente, «mal», que se presentó a cara descubierta, con los labios pintados de carmín, rímel en las pestañas y traje de señora, exhibiéndose por las calles céntricas y entrando en el café Novelty a tomar un café con churros.

En el carnaval de puertas adentro, los bailes se prodigaron desde las 3 de la tarde hasta la madrugada en los interiores del Casino, donde bailó la crema de la sociedad salmantina, destacando en el concurso de trajes la señorita Isabel Felipe, de Cepeda, luciendo uno riquísimo de serrana, amenizando el festejo la orquesta dirigida por el maestro Juan de Bernardi.

En el Casino del Pasaje los socios lucieron diversos disfraces en un baile animado por su orquesta habitual. Todo un éxito el baile infantil.

En el teatro Liceo triunfó la representación de artesanas bonitas y gentiles con disfraces originales y caprichosos.

En los salones Alhambra y Victoria bailaron con alegría las clases menesterosas y en la Gruta del Amor se celebraron 8 grandes bailes de máscaras (5 populares y 3 extraordinarios), actuando una sección de la banda de música del Regimiento de La Victoria, alternando con el piano manubrio.

Dieron lugar a «Quisicosas»: Querido sobrino: Si / tu no lo tomas a mal, / voy a decirte qué tal / por aquí / se ha pasado el carnaval. / Se han visto iguales bobadas / que los años anteriores / y por las calles mejores / han pasado mascaradas / superiores. / Mucho estúpido ha corrido / por la calle de Zamora. / Vi con astas a un marido / y a un caballero vestido / de señora.

Los carnavales añorados eran los del inefable tahonero Fuma, Dionisio el colchonero, Zapata, Pitorra, Bernardo Antonio o el orondo Bórchigas, que tenía un puesto de alquiler de baúles en la tapia de la Clerecía, hasta que aparece en 1908 un personaje, que animará los festejos con su humor, su puesta en escena y su irónica sátira de los problemas de la ciudad que el Ayuntamiento no solucionaba.

Se trata de José Castaño, dueño de una fábrica de chocolate a brazo denominada «La Conciencia» en san Justo, 30, luego en Zamora, 7, más tarde en Plaza del Mercado, 1 y finalmente en Toro, 14. Hace su primera aparición vestido de aldeana de la Armuña, con 7 sayas, mandileta a tono, pañuelo de colores a la cabeza y medias blancas, llevando del ronzal un pobre pollino con albarda y alforjas y en el centro un cajoncito con los chocolates de su fábrica. Al año siguiente aparece tocado con un cesto invertido de los que llevan las lavanderas al río adornado con flores y gasas y en el centro una cabra de tamaño natural. Un tupido velo servía de antifaz a la cabra de alta alcurnia.

Otro año viste de charros a una docena de mozos, uno de ellos con atuendo de charra y lo sienta en un burro junto a su galán. El resto seguían a los novios en sendos burros imitando una boda provinciana. El propio Castaño, también de charro, dirigía la comparsa tocando la gaita y el tamboril.

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