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¿Quién tiene miedo a los libros?

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22.02.2026

Una mujer lee, sentada en un banco. / Miguel Ángel Gracia | EPA

Siempre he dicho que hay tres tipos de libros: los que hablan de ciencia, los de literatura y sobre literatura, y los libros de ocurrencias. Los primeros los escriben los científicos, los segundos los lee quien los escribe y los terceros son los que reciben los premios del poder cultural y político, valga la redundancia.

La política no premia la inocencia, sino la irrelevancia. Ahora, a la irrelevancia, se la llama cultura. Y, por supuesto, se la galardona y condecora, no porque sea valiosa, sino porque no molesta y entretiene más que el flautista de Hamelin. Fíjense en estos datos fetichistas.

El último Barómetro de Hábitos de Lectura confirma en este mes de febrero una tendencia sostenida al alza: alrededor del 70% de la población mayor de 14 años lee libros, y la proporción de jóvenes lectores se mantiene especialmente alta. Los que no leen representan poco más de un tercio de la población. Son los malos de la película. Desde luego, nunca hemos sido tan inteligentes. Ni tan buenas personas.

Un tercio de los lectores utiliza soportes digitales y más de la mitad de la población ha comprado libros recientemente, mientras que casi un 30% acude a bibliotecas (supongo que a leer, aunque sea el móvil). La lectura aparece así como una actividad social consolidada y «transversal» (esta palabra es de algunos comentaristas, yo no hablo así, que conste).

Ante estos datos, alguien como Byung-Chul Han dirá, sin lugar a dudas, que «el hombre es un animal que lee». No me negarán que la frase es buena, pero sólo si la suscribe él. Si la dice cualquiera de nosotros, pierde valor. Las obviedades suenan más originales si las dice un extranjero.

En la presentación del informe, el actual ministro de cultura dio un paso más al afirmar que «una sociedad que lee más es una sociedad más libre, más crítica y más empática». Esperemos que a la gente no le dé por leer libros como Mi lucha, de cuyo autor no quiero ni acordarme. No todos los libros son iguales ni sirven para lo mismo.

Leer se equipara así a libertad, espíritu crítico y cohesión democrática, una asociación frecuente en el discurso cultural contemporáneo. Sin embargo, el Barómetro no acredita qué se lee ni con qué exigencia intelectual, ni demuestra que el aumento de lectores se traduzca automáticamente en mayor autonomía moral o política.

Y aquí hay un error de percepción que arrastramos desde hace siglos. Es un espejismo narcisista suponer que las humanidades humanizan y nos hacen mejores. Esto es vivir con complejo de pecador o de hombre ignorante. Acaso también con pretensiones de superioridad ante los demás, los que no leen o leen menos. Considerar que la ignorancia te convierte en culpable de tus males y de los de tu vecino, o que los lectores de libros son inocentes ante cualquier infortunio político, es «muy humanista» pero muy inhumano.

Es algo tan disparatado como suponer que la entomología nos convierte en insectos o que por dedicarnos a la medicina viviremos siempre sanos. Uno puede ser un gran humanista y comportarse como un perfecto malvado. Y sucede con más frecuencia de lo que creen los que viven idolatrando el libro y la lectura. Las bibliotecas están llenas de libros cuyos autores han sido delincuentes antes que jueces laureados. No se olviden de que Platón era más amigo de los tiranos de Siracusa que de la democracia de Atenas.

Se habla también de una diferencia de género que la industria mercantil y política explota con pericia ideológica: las mujeres leen más que los hombres, un dato que se usa con fines muy astutos. Porque, ¿qué leen realmente esas mujeres encuestadas? ¿Lo que escribe Carmen Mola (que vale por tres hombres) o lo que el mercado diseña artificialmente para ellas entre las infinitas sombras de Grey?

Además, el fuerte protagonismo de los jóvenes —con un 76,9% de lectores entre 14 y 24 años— desmiente el tópico de que las nuevas generaciones viven de espaldas al libro. Pero el informe mide frecuencia, no contenidos ni exigencia intelectual: sabemos que leen más, no necesariamente qué leen ni con qué profundidad.

Todo informe es también lo que calla. El Barómetro no precisa cuántos libros se leen por persona al año, cuántos se abandonan antes de concluirse, qué géneros concentran el crecimiento ni qué proporción corresponde a lectura académica frente a la literaria o totalmente ociosa.

Tampoco distingue entre consumo intensivo y ocasional, ni aclara si el aumento registrado responde a una tendencia que busca conocimiento y libertad o a un efecto coyuntural, prolongado por razones ideológicas, desde la omnipresente pandemia.

Y permanece intacta una cuestión metodológica clásica en los estudios culturales: la fiabilidad de la respuesta en las encuestas. Cuando se pregunta por la lectura, la gente quiere quedar bien, y por lo común miente descaradamente.

En conjunto, el informe cumple una cuádruple función: estadística, al certificar un crecimiento sostenido; política, al legitimar las políticas culturales impulsadas en los últimos años; sectorial, al reforzar la percepción de buena salud del mercado editorial; y simbólica, al vincular lectura con progreso democrático y cohesión social.

Sin embargo, el mensaje tiene su moralina: España es un país lector y la tendencia es ascendente. Lectores somos todos, pero la cuestión decisiva permanece abierta y sin respuesta: ¿leer más equivale a leer mejor? En absoluto. ¿Supone mayor autonomía intelectual o simplemente un aumento del consumo cultural? La verdad la tiene el mercado, no la universidad (la pobre, cada día tiene menos de todo). El Barómetro responde con claridad a la primera pregunta —la cantidad—, pero guarda silencio sobre la segunda —la calidad—, que es, en última instancia, la que define el alcance real de cualquier transformación cultural.

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Lo que yo pienso, y no lo diré nunca públicamente, por si acaso alguien se entera (guárdenme el secreto), es que la gente que lee libros no es necesariamente más inteligente que la que no los lee. Y lo que es peor: la gente que los escribe, tampoco. Mucho cuidado con comulgar con la letra impresa. El lenguaje es el primer simulacro de inteligencia y de conocimiento.

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