Los niños peruanos que el Perú olvidó
A pocos días de las elecciones, tras escuchar los debates presidenciales, lo que queda no es claridad, sino preocupación. La mayoría —por no decir todos— de los candidatos ha abordado la educación desde el lugar más cómodo: el de las promesas imposibles. Se ha ofrecido construir mil, dos mil y hasta cincuenta mil colegios, sin una sola explicación seria sobre financiamiento, ejecución o sostenibilidad. No es política educativa. Es populismo. Y, peor aún, es desconocimiento. Pero incluso si concediéramos que detrás de ese discurso existe una preocupación genuina por los niños, la pregunta de fondo sigue intacta: ¿de qué niños estamos hablando? Porque mientras aquí se promete infraestructura sin sustento, el Perú mantiene fuera del foco a una enorme población de niños y adolescentes que vive en el extranjero, en plena edad formativa y crecientemente desconectada del país. No existe una cifra única oficial, pero las estimaciones técnicas —a partir de la migración peruana— permiten sostener que nos acercamos al medio millón de menores en edad escolar viviendo fuera del territorio nacional. Una realidad de esa magnitud no puede seguir fuera del debate sin evidenciar la precariedad con la que se está pensando la educación en el Perú. La contradicción es evidente. Nos rasgamos las vestiduras afirmando que los niños del Perú tienen derecho a una educación de calidad, pero actuamos como si los niños peruanos que viven en Madrid, Nueva Jersey, Santiago o Buenos Aires ya no fueran parte del país. Los dejamos librados al sistema educativo que les toque, sin una política que preserve su vínculo con el Perú, con su historia, con su cultura y con la posibilidad real de regresar algún día a contribuir al desarrollo nacional. Ese es el verdadero vacío. Un país que viene creciendo económicamente desde hace un cuarto de siglo no puede pensar la educación solo hacia adentro. Si el Perú aspira a consolidar ese crecimiento, necesita repotenciar la formación de todos sus hijos. Más aún cuando esos niños que hoy viven fuera pueden convertirse, en pocos años, en una reserva estratégica de capital humano, bilingüe, internacionalizado y con experiencia comparada. Otros países sí entendieron esto hace tiempo. Alemania, por ejemplo, sostiene una política educativa en el exterior como instrumento de proyección nacional. En Lima, el Colegio Peruano Alemán Alexander von Humboldt —privado y financiado también por las familias— recibe subvención económica y docentes enviados por el Estado alemán. No es filantropía. Es estrategia. El Perú, en cambio, ni siquiera ha empezado a pensar cómo educar a sus propios niños en el exterior. Por eso, el primer paso no es anunciar más colegios, sino construir una política. Se necesita una entidad que levante información precisa sobre la ubicación y número de niños peruanos en el mundo y que, en articulación entre el Ministerio de Educación y el servicio exterior peruano, diseñe una estrategia educativa para ellos. Un país serio no abandona a un solo niño, mucho menos a cientos de miles. El Perú no necesita promesas más grandes. Necesita una mirada más completa. Porque una nación que olvida a sus niños empieza, inevitablemente, a olvidarse de sí misma.
Por David García Rodríguez
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