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La brújula rota

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monday

Hay momentos en los que la confusión no nace de la falta de información, sino del exceso de ruido. Momentos en los que no nos piden pensar, sino alinearnos. Tomar partido. Repetir un relato. Elegir entre dos bandos como si la democracia consistiera en eso, en simplificarlo todo hasta que deje de importar lo esencial. Y ahí está el truco: cuando cambian las preguntas, ya no hace falta responder con verdad. Basta con responder con lealtad.

Vivimos instalados en esa lógica perversa. Si lo que ocurre afecta a los adversarios, entonces es prueba de una podredumbre estructural. Si compromete a los propios, aparece de inmediato la coartada: persecución, lawfare, operación política, mala interpretación, contexto, matiz, ruido. Todo sirve antes que mirar de frente. Y así, poco a poco, los hechos dejan de tener peso por sí mismos.

No se trata de condenar a nadie a priori. La presunción de inocencia no es una fórmula decorativa que se invoca cuando conviene y se olvida cuando estorba. Es una garantía básica, imprescindible en un Estado de derecho. Pero una cosa es respetar esa garantía y otra muy distinta mirar hacia otro lado cuando aparecen indicios serios, informes, declaraciones, contradicciones o comportamientos que, como mínimo, deberían exigir una explicación pública. La democracia necesita jueces, sí. Pero también necesita ciudadanos que no renuncien a pensar.

España no es una dictadura. Conviene repetirlo, precisamente porque la exageración también degrada el debate. Nuestro país sigue siendo una democracia consolidada según los estándares internacionales. Y, sin embargo, una democracia puede seguir funcionando en lo formal mientras se deteriora por dentro. Puede conservar elecciones, parlamento, tribunales y medios, y al mismo tiempo ir perdiendo algo mucho más frágil: la confianza, la decencia, el pudor, el sentido del límite. Las instituciones siguen ahí. Lo que se deshilacha es la conversación pública. Cada día vemos cómo el debate se convierte en una sucesión de trincheras. Ya no se conversa para entender; se discute para ganar. Ya no se escucha para corregirse; se escucha para encontrar la grieta del otro. La política se ha llenado de palabras solemnes —democracia, patria, regeneración, fascismo, lawfare— que en demasiadas ocasiones ya no sirven para aclarar nada, sino para taparlo todo.

No nos piden pensar, sino alinearnos. Tomar partido. Repetir un relato. Elegir entre dos bandos como si la democracia consistiera en eso, en simplificarlo todo hasta que deje de importar lo esencial

No nos piden pensar, sino alinearnos. Tomar partido. Repetir un relato. Elegir entre dos bandos como si la democracia consistiera en eso, en simplificarlo todo hasta que deje de importar lo esencial

Tapar lo propio. Agrandar lo ajeno. Defender lo indefendible. Convertir la sospecha en sentencia cuando perjudica al adversario, y la garantía en obstáculo cuando afecta al afín. Lo más grave es que esa lógica ya no es solo de los partidos. También ha calado en una parte de la sociedad. Y cuando eso ocurre, la democracia se vuelve vulnerable........

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