Las groserías y los menores
El uso de malas palabras en niños y adolescentes es un tema que suele generar preocupación entre padres y educadores. Tradicionalmente las groserías se han asociado con falta de respeto, mala educación o incluso problemas de conducta. Sin embargo, investigaciones recientes en sicología y lingüística sugieren que el fenómeno es más complejo y que su significado depende en gran medida del contexto, la intención y la etapa de desarrollo del que las pronuncia.
Cuando un niño dice una mala palabra generalmente lo hace por imitación. Ha escuchado esa expresión en la casa, la escuela o en redes sociales, y la repite sin comprender plenamente su carga social. Según el destacado psicólogo Timothy Jay, autor de varios libros al respecto, las groserías forman parte natural del aprendizaje lingüístico. Los niños experimentan con palabras “prohibidas” porque descubren rápidamente que generan una reacción fuerte en los adultos. Una mala palabra provoca risas, escándalo o enojo; esa reacción intensa la convierte en una herramienta atractiva para probar límites.
En la adolescencia, el uso de malas palabras puede tener otros significados. En esta etapa, el lenguaje se convierte en una herramienta de identidad y pertenencia. Los adolescentes utilizan ciertas expresiones para integrarse a un grupo, marcar cercanía o diferenciarse de la autoridad adulta. Es así como, las groserías pueden funcionar como un código social. No siempre tienen intención de herir; a veces expresan camaradería o intensidad emocional o simple “majadería”, (algo muy común en la adolescencia).
Ahora bien, ¿Son malas o buenas? La respuesta no es absoluta. Depende de las circunstancias. Decir una mala palabra para desahogar frustración, por ejemplo, cuando algo sale mal, puede cumplir una función emocional. Estudios en sicología han mostrado que expresar verbalmente la ira o el dolor puede reducir la tensión fisiológica. En ese sentido, una exclamación aislada podría actuar como válvula de escape. Sin embargo, cuando las groserías se utilizan para insultar, humillar o agredir a otros, el efecto cambia completamente. Allí dejan de ser una descarga emocional y se convierten en un acto de violencia verbal.
El lugar también importa. El lenguaje que puede ser aceptable entre amigos puede no serlo en el aula o en familia. Enseñar a los niños y adolescentes a distinguir el contexto es más efectivo que prohibir de manera absoluta. Muchos sicólogos y educadores coinciden en que la clave no es censurar cada palabra, sino fomentar la empatía y el respeto. Si el menor comprende cómo sus palabras afectan a los demás, es más probable que regule su vocabulario. Nuestro lenguaje es rico en palabras que puede utilizarse en vez de groserías.
Si los adultos recurren al agravio como estrategia retórica, resulta contradictorio exigir a los jóvenes un lenguaje siempre moderado. Por ello, la discusión sobre las malas palabras en niños y adolescentes no puede aislarse del clima cultural que los rodea.
En conclusión, las groserías no son intrínsecamente buenas ni malas. Pueden ser una herramienta de desahogo emocional o un instrumento de agresión. Todo depende del contexto, la intención y el aprendizaje social. Más que centrarse exclusivamente en la censura, padres y educadores deben fomentar el entendimiento, el autocontrol y el pensamiento crítico. Y la sociedad en su conjunto, incluidos sus líderes, tendría que reflexionar sobre el ejemplo lingüístico que ofrece a las nuevas generaciones.
