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“Yo soy la resurrección y la vida…” (Jn 11, 25)

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22.03.2026

Hace ya algunos años, mientras estudiaba en el seminario, uno de mis compañeros me invitó, en un momento de descanso, a ver una serie televisiva de reciente emisión: “Breaking Bad”. Desde el primer instante atrapó mi atención, no solamente por las escenas bien logradas y la buena música, y sobre todo por los excelentes diálogos de los personajes, sino también por la puesta en escena de la degradación moral del personaje principal de la serie: un profesor de química, genio, ganador de un premio Nobel, esposo y padre de familia. Al haber sido diagnosticado con un cáncer de pulmón en fase terminal, decide utilizar sus conocimientos químicos para elaborar metanfetaminas e incursionar poco a poco en el mundo del crimen organizado.

La serie nos va mostrando cómo un individuo ordinario, normal según los estándares sociales —padre de familia, esposo, trabajador y respetuoso de las leyes— es capaz de cruzar la línea moral y asumir un estilo de vida que le lleva a cometer crímenes atroces, como el asesinato de un secuestrado, la explosión de una bomba en un asilo de ancianos y la ejecución masiva de varios reos dentro de una prisión. Independientemente del elemento fantasioso de la serie, esta, me parece, señala una verdad incómoda e inquietante: cualquier persona, sin importar su condición, educación, ideales, etc., es capaz de caer en la degradación moral y cometer actos terribles en contra de los otros, al principio por un móvil o una justificación aparente, quizá hasta en principio buena (el viejo dilema de Robin Hood, que roba a los ricos para ayudar a los pobres), pero que desemboca —no ha de extrañarnos esto— en algo banal. En efecto, el profesor de química de la serie incursiona en el mundo del narcotráfico para obtener dinero y dejarle la vida resuelta a su familia y termina afirmando que, en realidad, lo hizo por gusto, porque lo hacía “sentirse vivo”, es decir, en una vorágine constante de emoción y excitación.

La idea de que una persona aparentemente normal, respetable y educada pueda caer al nivel más bajo de degradación moral y cometer los peores actos no es novedosa. Varios filósofos y autores lo señalan; entre ellos podemos mencionar a Dostoyevski, quien ya lo muestra en sus agudos análisis psicológicos. La filósofa Hannah Arendt, en su famosísima obra “Eichmann en Jerusalén”, acuña el concepto de “banalidad del mal”: la idea de que una persona normal puede llegar a cometer los peores crímenes al dejarse envolver por un sistema (político, social, religioso, etc.) corrupto y sucumbir, desde una obediencia irreflexiva, al mal.

En los días recientes se descubrió el cadáver del pequeño Eithan en una bolsa de mimbre, asesinado brutalmente y con huellas de abuso físico. Los responsables: su madre y varios miembros de la familia que encubrieron los hechos. Desde que se evidenció a los culpables,........

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