Caminar Juárez siendo mujer
Al llegar la noche, en Ciudad Juárez, una gran cantidad de mujeres realiza el mismo ritual: mirar el teléfono y escribir un mensaje breve: “ya llegué” o “avísame cuando llegues”. Es un gesto simple, casi natural, que se repite entre hermanas, amigas, madres e hijas. Sin embargo, detrás de esas palabras hay algo más profundo: un modo específico de vivir en la ciudad.
Las mujeres comenzamos a aprender desde muy jóvenes cómo leer la ciudad. Esa información no se encuentra en los libros ni es una lección que se explique de manera clara. Se aprende mientras se camina. Aprendemos qué calles evitar cuando oscurece, qué trayectos se sienten más seguros y en qué momento conviene acelerar el paso o cambiar de ruta. Aprendemos a observar con cuidado lo que nos rodea, a medir distancias y a detectar lugares con más gente o más luz.
En una ciudad como Juárez, esa forma de andar tiene antecedentes. La frontera estuvo marcada durante muchos años por episodios de violencia contra las mujeres, que fueron dolorosos, y ese recuerdo persiste incluso para quienes no experimentaron directamente esos momentos difíciles. Se mantiene en conversaciones diarias, en advertencias transmitidas de una generación a otra y en la sensación común de que no todo el mundo vive la ciudad de la misma manera.
Debido a eso, muchas mujeres recorren Juárez con una atención ininterrumpida. Se fijan en quién pasa cerca, que tan iluminada está una calle, el lugar donde se encuentra la parada de transporte más cercana o el comercio que sigue abierto. Son elecciones pequeñas que se toman en segundos, pero son parte de la experiencia diaria de desplazarse por la ciudad como mujer.
Y sin embargo, las mujeres están presentes en toda la ciudad. Se encuentran en las fábricas maquiladores que durante años han respaldado una parte importante de la economía fronteriza, en los hospitales, en las universidades, en los comercios del centro y en los pequeños establecimientos que mantienen a muchos barrios con vida. También, están presentes en los hogares, donde se organiza la vida diaria, se trabaja, se cuida y se mantiene a las familias.
Esa presencia constante contrasta cona una realidad incómoda: el espacio público no siempre ha sido pensado desde la experiencia femenina. Calles oscuras, transporte inseguro o zonas donde caminar sola se siente como una decisión arriesgada siguen siendo parte de la vida urbana. No son detalles menores; son condiciones que influyen directamente en la forma en que se vive la ciudad.
Discutir acerca de la manera en que las mujeres caminan en Juárez es también hablar sobre derechos. Del derecho a transitar por la ciudad con la misma libertad que cualquier otro individuo, a volver a casa sin temor y a ocupar el espacio público sin miedo. Es un derecho fundamental, pero aún no se ha logrado su implementación total.
Aún asi, cada día miles de mujeres continúan caminando por esta ciudad. Caminan hacia el trabajo, atraviesan avenidas para llegar a la universidad, esperan el transporte o vuelven a casa tras largas jornadas. En cada uno de esos recorridos hay algo más que rutina: existe una presencia permanente que cambia el espacio que habitan.
Mirar la ciudad desde esa experiencia cotidiana nos recuerda algo sencillo: no todos caminamos la misma ciudad.
Reconocerlo no debería ser incómodo, sino necesario. Porque entender cómo viven las mujeres el espacio público también es una forma de entender mejor la ciudad que compartimos. Y quizá solo cuando esa experiencia deje de ser distinta podremos decir que realmente la habitamos en igualdad.
