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Teología

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La discordia forma parte del signo de los tiempos actuales; no conduce a la paz definitiva, ni al sosiego espiritual. Se habla en algunos lugares ... influyentes del fin de los tiempos, aunque puede que sea más apropiado hablar de los tiempos del fin. La idea del apocalipsis revolotea en el ambiente, como un misil o un dron dirigidos por una inteligencia conspicua, y todo se va empañando con los tintes de una obra conocida. Alardear en público, como lo hizo el presidente Trump, de que «una civilización entera morirá esta noche para no volver jamás» es un indicio de que algo no funciona como debiera. Suena a frase extraída de una tragedia antigua recitada por un actor en estado de gracia y con una alta capacidad de convencimiento, porque el arte de la tragedia consiste en convencer al público de que lo que se contempla en el estrecho espacio del escenario puede suceder o está sucediendo en el ancho terreno de la realidad. Ese convencimiento produce en el espectador una conmoción, en mayor o menor grado, según la sensibilidad, educación y otras aptitudes propias. La consecuencia es que se desatan los nudos de su voluntad y se libera toda la carga sentimental que estaba a resguardo. Pero la realidad siempre acaba superando a la ficción, y el espectador agradece que lo visto y oído solo sea ficción. Así, tras caer el telón, puede marcharse a su hogar, reiniciar su rutina y su existencia, como antes, a salvo, consciente de haber tomado parte en proceso catártico y aleccionador.

Tal es el poder que tienen las palabras; abren las puertas a la fantasía, posibilitan el reinicio, la revisión de lo sucedido, la apertura hacia el futuro, sabiendo que todo pasado es irreversible, pero puede ser asimilado por la memoria reparadora. Las palabras del Santo Padre, León XIV, criticando las del presidente, nos devuelven a la idea central de nuestra cultura desde el origen casi, anterior, no cabe duda alguna, a esta fase que algunos expertos la definen como poshumanista.

La vieja idea de la humanidad, tan devaluada y criticada hoy en día, tan denostada por amantes excelsos de la tecnología que cabalgan a lomos de la improvisación, es la que se reivindica. Mas, ¿qué es lo humano? ¿Quién es ese prójimo que se cita en los mandamientos proclamados por la Iglesia y que el Papa León XIV está obligado a cumplir y a hacer cumplir? La respuesta a dichas preguntas condicionará el futuro del mundo y de nuestras civilizaciones, si no lo está haciendo ya.

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