Un trabajo del que sentirse orgulloso
Jóvenes trabajan en las instalaciones del Parque Científico y Tecnológico de Cuevas Blancas, en Santa Cruz. | ARTURO JIMÉNEZ
Pregúntele a cualquiera a qué se dedica y observe lo que ocurre en su rostro. Quien tiene un trabajo del que se siente parte se yergue un poco, sostiene la mirada, cuenta.
Quien no lo tiene baja la voz. En esa diferencia mínima –un gesto, un segundo– se juega algo enorme: la idea que una persona tiene de su propio valor. El trabajo nunca fue solo un salario a fin de mes. Es el lugar donde uno se vuelve alguien, donde deja de recibir por recibir y empieza a aportar, donde puede mirar a sus hijos y decirles, sin palabras, que la vida que llevan la ha levantado él o ella.
Por eso deberíamos hacernos todos una pregunta sincera. A esa persona joven de dieciocho años que en cualquier barrio de Tenerife decide hoy qué quiere ser, ¿qué le estamos ofreciendo de verdad? ¿La posibilidad de decir mañana que tiene un trabajo con el que sostiene a los suyos y ante el que se abre un futuro? ¿O la de conseguir una prestación con la que, apenas, sobrevivir?
Dicho así, nadie duda. Nadie elige sobrevivir cuando puede vivir. Y, sin embargo,........
